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Profesionales necesarios
Categoría: Salud

Pese a que en algunas ocasiones se confunde la tarea del acompañante terapéutico con la de una simple compañía o con la de un cuidador para el paciente que lo requiera, su función presenta cierta complejidad y su figura se acrecienta en el desarrollo y mejoramiento de la persona que lo precisa.

“Damos un curso anual sobre acompañantes terapéuticos que se viene haciendo desde hace aproximadamente quince años. Aquí se forman acompañantes terapéuticos. Está dirigido a interesados en salud, normalmente son estudiantes de Psicología, Psicopedagogía pero también a gente que ha terminado el secundario y tiene el interés en trabajar con personas”, explica a EcoDias la licenciada en Psicología Verónica Fernández. Ella forma parte de la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de Bahía Blanca que está avalada por su similar a nivel nacional y que es la que se encarga del dictado del curso en cuestión.
Cuando hablamos de un acompañante terapéutico no estamos refiriéndonos solamente a un trabajo entre el profesional y el paciente: “Hablamos de un agente de salud que trabaja como un auxiliar. Una de las claves es que nunca trabaja solo, siempre trabaja sumándose a un equipo interdisciplinario donde hay otros profesionales, o a un equipo de orientación escolar y que trabaja con un abordaje múltiple”. La idea, continúa Fernández, es el acompañamiento del paciente en el tránsito de sus dolencias, “conteniéndolo, ofreciéndole un espacio de escucha, reforzando capacidades, descubriendo habilidades. Opera como un sostén apuntando a la prolongación del tratamiento que está haciendo el paciente y a optimizar su calidad de vida”.

Quién lo precisa
Según Fernández, el acompañante puede trabajar con pacientes niños, adolescentes o adultos a veces con discapacidades, pacientes que sufran depresiones, problemas de conductas, enfermos en salud mental, personas de tercera edad, con enfermedades terminales, etc. El acompañante puede desarrollar su tarea en el ámbito particular del paciente, o bien, si están insertos en un dispositivo institucional, en clínicas, hospitales, escuelas o jardines de infantes: “La idea es que el acompañante pueda acordar pautas de trabajo con la institución receptiva donde se clarifican los objetivos a lograr y siempre por un tiempo indeterminado. El objetivo es que el acompañante pueda reforzar el tratamiento del paciente para que éste pueda, en algún momento, dejar de necesitar el acompañamiento”.
Otras cuestiones a aclarar, y siempre teniendo en cuenta que hablamos de profesionales, es que uno no puede adquirir los servicios de un acompañante terapéutico por tener, por ejemplo, un familiar que a nuestro criterio pueda precisarlo: “La presencia del acompañante es sólo si un profesional así lo requiere. Nunca trabaja solo, tiene que haber un profesional que detecte la necesidad de un espacio terapéutico que requiera del acompañamiento. El acompañante va a hacer su trabajo singular con cada paciente reforzando capacidades, descubriendo habilidades, aportando contención, pero no es al modo de una dama de compañía”.
Allí, el principal error que, decíamos al comienzo, suele cometerse. Al acompañamiento hay muchas obras sociales que lo reconocen y muchas instituciones que lo solicitan. Sin embargo, y pese a todo, señala Fernández, “muchas veces hay mamás desbordadas por un trabajo permanente que nos piden un acompañamiento de diez horas por día, por ejemplo. Y cuando uno va a ver al paciente te das cuenta que no es terapéutico estar diez horas con un paciente. No es niñera ni dama de compañía, es un acompañante terapéutico. No es un cuidador de pacientes como la persona que se ocupa de higienizarlos, darles de comer o proveerles una medicación”.

Cómo trabajan
Para que el acompañante terapéutico pueda realizar su trabajo diario, debe poseer, primero, un conocimiento básico de cómo funciona la psiquis del ser humano. Se apunta al paciente y además a la familia que también puede sentirse desgastada por el esfuerzo realizado: “Lo primero que debe hacer el acompañante es poder trabajar sin sus prejuicios, sin involucrarse afectivamente, tiene que tratar de tomar una distancia prudencial para que la intervención sea efectiva. Lo debe hacer estableciendo transferencias de trabajo para que el paciente pueda confiar en su acompañante”. Aquí entra en juego algo fundamental como es el secreto profesional. Es decir, si acompañante y paciente van por la calle, el primero, para el resto de la gente, debe ser una persona más del entorno del paciente, no presentarse como acompañante ya que se trata de algo privado: “El acompañante trabaja en conjunción con el equipo tratando de escucharlo, de encontrar habilidades, de proponer actividades como para que el sujeto pueda posicionarse de un modo distinto respecto de la vida”.
A la hora de hablar de resultados, Fernández cuenta que estos suelen ser muy buenos y se nota en la evolución de los pacientes. La función del acompañante, amplía, surge de lo real de la práctica: “Algunos psicólogos estábamos trabajando en clínicas privadas y descubrimos que los pacientes internados necesitaban miradas subjetivas, no les alcanzaba con la visita semanal del psicólogo y la atención permanente de la enfermera. Entonces, incluimos la figura del acompañante terapéutico en una clínica privada hace 15 años donde los pacientes revitalizaron, revivieron. A partir de ahí nos dimos cuenta que no es sólo desde la caridad y sensibilidad que alguien puede acompañar, por eso llamamos la figura como terapéutico: tiene que haber una formación teórica que lo sustente”.

Fin de la tarea
Hasta aquí revitalizados los conceptos verdaderos que se encierran detrás de la figura del acompañante terapéutico. ¿Cuándo es que termina el acompañamiento con determinado paciente? “El mismo acompañante lo puede percibir y se trabaja en equipo. Nos ha ocurrido que un acompañamiento de determinado tiempo deja de ser efectivo por la confianza que se adquieren. Entonces, en las supervisiones, y esta es la razón por la que existe una asociación en Bahía Blanca que regula el trabajo de los acompañantes, el acompañante supervisa y dice ‘yo acá siento que soy como uno más de la familia, ya no se me escucha, no puedo poner límites’. Entonces, se decide la interrupción del acompañamiento”.
Fernández, en un momento, abordó la clave de mantener cierta distancia afectiva. Pero la realidad es que los profesionales también son personas y viven determinadas situaciones difíciles. Por esta razón, el futuro acompañante recibe una preparación teórica a la hora de iniciar el curso aunque esto no le alcanza para trabajar: “Para que alguien pueda hacerlo debe tener terminado el curso y atravesar una entrevista de admisión que la hacen psicólogos para detectar si hay cierta estabilidad anímica para poder hacerse cargo de un tratamiento. Eso tampoco alcanza porque una vez que el acompañante está trabajando, tiene que respetar el código de ética que nos obliga a supervisar mensualmente”.
La realización de esta nota registra que hoy los acompañantes terapéuticos tienen un mayor reconocimiento que en años anteriores, vale decir, parece que existe una mayor necesidad de este tipo de profesionales. La actualidad de la sociedad misma así lo demanda: “Se requiere en esta época porque la figura del acompañante se puede insertar en diferentes ámbitos. Hoy por hoy, con un sistema desbordado, tenemos chiquitos en escuelas, en jardines de infantes y hospitales que no tienen la contención familiar o afectiva y a veces institucional que el sujeto requiere. No me llama la atención que la demanda cada vez sea mayor”.

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2010-04-02 00:00:00
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