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La lucha por el saber
El juez Eugenio Zaffaroni dictó una conferencia en la que hizo referencia al saber como próximo instrumento para llegar al poder, una reseña sobre la conquista de los derechos humanos y el camino que aún debe seguirse en defensa de éstos frente a los sistemas de control social.
Categoría: Interés general

El juez
Eugenio Zaffaroni fue uno de los disertantes del 1° Congreso Internacional de
Periodismo Autogestionado celebrado en Buenos Aires. En su intervención hizo
referencia al saber como próximo instrumento para llegar al poder, una reseña
sobre la conquista de los derechos humanos y el camino que aún debe seguirse en
defensa de éstos frente a los sistemas de control social.

Escuchar a Eugenio Raúl Zaffaroni siempre es un placer. Sus antecedentes,
conocimientos y su manera de dirigirse hacia el otro llena de nuevos saberes y
reflexiones a quien lo escuche y deja al ridículo a todo aquel que quiera
desacreditarlo, tal como ha ocurrido en los últimos tiempos. Zaffaroni es
doctor en Ciencias Jurídicas de la Universidad del Litoral e integrante de la
Corte Suprema de Justicia desde el año 2003.
Pese a los títulos, Zaffaroni se presentó para ofrecer su disertación vestido
informalmente y sumamente accecible en el 1° Congreso Internacional de
Periodismo Autogestionado que, entre otras cuestiones, es parte de la lucha por
los derechos humanos. Al respecto, Zaffaroni fue directamente al grano
refiriéndose a esta época de poder planetario con contradicciones que llamamos
globalización: “Este momento de globalización, de poder planetario que emerge
de una revolución tecnológica, es un momento sumamente interesante. Es un
momento en el que el poder más que nunca depende del saber. En un mundo que
tiende a dividirse entre incluidos y excluidos -no entre explotadores y explotados
porque el excluido es alguien que está de más, es descartable, alguien del que
se puede prescindir-, el preestablecimiento de la dialéctica creo que viene en
la lucha por el saber. Tecnológicamente, hoy tenemos las posibilidades que no
teníamos hace 30 o 40 años”.
La información está cada vez más a nuestro alcance, dijo el juez, y al pensarse
en una posible transformación social rápida “creo que en el curso de este
siglo, más que nunca, la lucha por el poder va a ser la lucha por el saber. Y
los excluidos tienen algo que los incluidos no tienen, que es tiempo”. Si uno
va a una villa o una favela, explicó, lo que encuentra es que los pibes tienen
tiempo: “Si ese tiempo se organiza para apoderarse del saber, la sociedad se
transforma, empieza una nueva dialéctica de excluido/incluido y esto no es una
locura. En la historia ha pasado, de otra manera, en otro momento”.
Un ejemplo de ese “tiempo” es lo que ocurre con la enseñanza universitaria en
las cárceles: “Los presos sacan mejores notas que los ‘sueltos’ porque tienen
tiempo. Estamos hablando de cosas que son factibles y que no están tan lejanas.
Yo sé que la lucha no va a ser tan lineal, hasta que se perciba esto y se
organice puede haber algunas pérdidas, algunos vuelcos en algunas curvas pero
creo que tarde o temprano la cosa va a ir en ese sentido, y los excluidos van a
tener mejor know how a la larga que los incluidos, ese es el camino”.
Ese mismo camino que no ha de ser fácil, tampoco lo fue en cuanto a la
conquista de los derechos humanos. Zaffaroni diferenció la historia legal, la
de los tratados y declaraciones firmadas, de la historia real. Para ello hizo
una reseña de todo lo que ha ocurrido internacionalmente, sobre todo en
Latinoamérica, y lo que se ha sufrido para que poco a poco los derechos empiecen
a ver la luz.
Según sus palabras, es con los llamados peyorativamente populismos -entre otros
ejemplos latinoamericanos nombró al peronismo-, cuando se logra ampliar la base
de ciudadanía real. Estos movimientos fueron “inorgánicos algunos, contradictorios
ideológicamente otros, muy personalistas casi todos, algunos realmente
autoritarios”.
Acerca de esa base de ciudadanía real, destacó: “Se amplió en función de estos
populismos con todos sus defectos, con todas sus críticas que se le puedan
formular, y todos esos defectos, críticas y todo ese eventual autoritarismo que
también lo hubo en algunos de ellos, empalidecen cuando vemos las brutalidades,
las masacres cometidas por los contrapopulismos que quisieron frenar el
movimiento de ampliación de la base de ciudadanía real, es decir, de la
ampliación de realización de los derechos humanos, económicos, sociales y
culturales”.
A décadas de aquel momento, para Zaffaroni se está retomando el camino de
ampliación de la mencionada ampliación de ciudadanía real: “El gran desafío es
sí podemos hacerlo y por primera vez hacer realidad lo que los centrales llaman
los derechos humanos de primera generación. Es decir, si podemos
institucionalizar esto para evitar la reacción contra este movimiento de
ampliación y por otra parte, al mismo tiempo, por fin, llegar a aquello que nos
confundieron declamando pero nunca realizaron que es el respeto al otro, a la
dignidad del otro, al pluralismo…”.

Sistema de control social
Se insiste con que ese camino es difícil sobre todo porque, dijo el juez,
es diametralmente opuesto a lo que cuenta la historia oficial y a las maneras
de proceder política de sectores poderosos, entre ellos los medios de
comunicación.
Zaffaroni hizo referencia a los monumentos y homenajes que reciben las masacres
o los grandes responsables de genocidios: “A lo largo de eso vemos distintos
sistemas de control social, distintos sistemas del poder represivo marcados por
esto que fueron masacres. Hace unos treinta o cuarenta años comienza a pasar un
fenómeno mundial muy particular. La cuestión que no se nos escapa, que ocupa el
centro de toda campaña política: la cuestión del control del delito”.
En todos los golpes de Estado argentinos, las proclamas afirmaban restaurar
valores acentuando la necesidad de controlar el delito expandido por la crisis
de valores. Sin embargo, este sistema no es nacional, es un problema mundial
nacido en Estados Unidos en la década del 70 cuando se convierte en el país con
mayor índice de prisionalización con 2 millones y medios de personas de las cuales
la mitad eran afroamericanos y el resto latinos: “Hay una construcción de un ‘ellos’
de enemigo, hay un ‘ellos’, un grupo social, marginado, excluido y a ese grupo
social hay que mantenerlo excluido. La función fundamental del Estado es
mantener a raya al grupo de excluidos.
Esto se genera a través de una técnica de comunicación social a través de la
cual ya el ciudadano medio no es el ciudadano trabajador sino el ciudadano
víctima y se fabrica la ‘víctima héroe’. Se busca una víctima capaz de generar
cierta empatía, a las otras víctimas no se las muestra, las víctimas del
gatillo fácil no aparecen. Esa víctima tiene que tener algunas características
particulares, histriónicas y en función de eso se le da todo un escenario mediático.
Y a través de la víctima se le hace decir a la víctima todo aquello que el
comunicador social, entre comillas, no puede decir, porque no es de buen tono,
pero la víctima sí lo puede decir y no se le puede contestar porque es crueldad
contestar a la víctima que está transida de dolor”.

Origen
Este modelo nace en Estados Unidos con grandes intereses políticos de por
medio pero se universaliza y se transmite a través de los medios con decenas de
homicidios -“que en el país no se cometen en un año”- con los estereotipos de
criminales y salvadores de las series televisivas con el grave peligro de ir
convenciendo a personas sobre que las soluciones son siempre violentas y
represivas: “Esto tiene el grave inconveniente que va poniendo sitio a nuestros
políticos. Hoy no tenemos un autoritarismo como el de entreguerras, no es el
poder político el que controla medios sino medios que controlan al poder
político. Político que no se sube al discurso vindicativo o no se solidariza
con la ‘víctima héroe’ en el momento máximo de la ola, es desacreditado
totalmente, es bajado de las listas por ‘piantavotos’. Entonces los políticos
responden a eso por miedo a veces o por oportunismo. Y responden mandando
mensajes a los medios: ‘Mire cómo me ocupo’”.
Estos mensajes luego derivan en leyes penales que finalmente no sirven para
nada ya que se piden penas más duras como si una persona pensara en cuántos
años va a sufrir de condena a la hora de cometer el delito.
En varios países de América, el afroamericano de Estados Unidos es el chico de
barrio carenciados, ese es el enemigo.
Sin embargo, en el fondo de la cuestión y viendo cada día más sistemas de
control, más cámaras vigilando las calles y una sociedad satisfecha por ello,
se llega a la conclusión de que: “El poder represivo no se ejerce sobre los que
están presos, el poder represivo se ejerce sobre los que estamos sueltos”.
“Hay que tener presos a esos idiotas para, como pretexto, controlarnos a todos
los que estamos sueltos”, ejemplificó Zaffaroni y agregó: “Cada día estamos
aceptando más y más complacidos los controles”.
Ese control cada vez más férreo es la verdadera dimensión del poder. Habíamos hablado
del saber como la lucha por el poder y de un camino difícil para lograr hacer
valer los derechos en lo real: “La lucha que hay es una lucha política de un
modelo de Estado. Mediáticamente lo que se quiere reemplazar es el modelo del
ciudadano medio como ciudadano trabajador por el ciudadano medio como el
ciudadano víctima fabricando la ‘víctima héroe’”.
En la vereda de enfrente está el modelo de Estado social, de Estado
incorporativo y ahí radica la lucha por afianzarlo: “Un camino que pueda ser
que nos equivoquemos en concreto, puede ser, puede que alguno de los pasos sea
en falso pero el otro camino necesariamente es un camino detrás del cual lo que
hay es tarde o temprano una masacre”.



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2011-09-30 08:37:00
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