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Discotecas de White en la Cocina del Museo
Categoría: Interés general

Ese bolero es mío /desde el comienzo al final /qué importa quien lo haya hecho /es mi historia y es real. Desde una radio en la calle Siches, la voz de Javier Solís es silenciada de pronto por el aullido de una sirena. ¿Qué escuchan los vecinos del puerto? Es la pregunta que motiva este nuevo ciclo del Museo del Puerto.

Mientras prepara una mezcla de mijo y ralladura muy fina de pan viejo para los nueve canarios de su patio y un cabecita negra, Armando Senos Ruso, “El Portugués” (Ilhavo, 1925), enciende y pone a girar, en el combinado a válvulas Grundig Majestic Stereo de su casa en el bulevar Juan B. Justo, un vinilo negro desde donde se hace perceptible, en medio de la sonoridad de las ovaciones y el canto de los pájaros afuera, la voz del General Juan Perón con una serie de mensajes y discursos. Hace entonces una infidencia: “Este disco me lo trajo un amigo desde España en los ‘70”. Su colección de long-plays se completa (entre muchos otros que guarda hasta en el ropero) con discos del acordeonista Antonio Mestre, el fraseo de Argentino Ledesma junto a la orquesta de Héctor Varela, Palito Ortega, y los fados de Amalia Rodrígues que además canta. Armando fue pintor y pescador en Portugal y, luego de emigrar a
la Argentina, ingresó como personal de mantenimiento en la Base Naval de Puerto Belgrano donde se jubiló. Cambia de pronto el vinilo y elige ahora uno con “marchinhas de carnaval”.
Estos son apenas algunos fragmentos que forman parte del segundo volumen de una nueva selección musical que es posible escuchar, ya desde los primeros días de junio, en
la Cocina del Museo del Puerto. La iniciativa forma parte de “Discotecas Vecinales”, un ciclo que tiene como objeto indagar la posibilidad de contar la propia historia a partir de una selección de canciones. Cocineras, trabajadores portuarios, ferroviarios, pescadores, docentes, vecinas y vecinos dan cuenta de las razones por las que una canción, una melodía o una voz queda grabada en la memoria personal y de los múltiples modos en los que se trama en una experiencia histórica y colectiva.
Se trata de analizar la incidencia cotidiana, popular y compleja de la música. “Toda mi niñez la viví en un ambiente de cantinas de
La Boca, en lo de mi tío Spadaveccia. Cuando se empezaba a hacer la comida para la noche, en la cocina todo empezaba a las 4, 5 de la tarde; que uno rallaba queso, uno pelaba cebolla, que preparaba unas cosas, que preparaba otras, gente grande, paisanos de mi tío. Yo recuerdo: los viejos venían y mientras trabajaban, el que rallaba queso cantaba, el que pelaba cebolla cantaba, era un griterío total ahí adentro. Mamma, Guitarra Romana, Marechiare, O sole mio cantaban.” -cuenta el pescador, cocinero, animador y cantante de tangos Juan Bautista “Cacho” Marzocca. Ese fue el clima que supo sostener “La Zingarella” y que dio inicio a la corta pero radiante fiesta whitense de las cantinas bailables, en la década de los ’60 y los ’70. Época también de un enorme flujo de exportaciones desde el puerto local y, por ende, de ingente demanda laboral.
“En la lancha cantábamos nosotros. Teníamos una radio pero mejor cantábamos nosotros… eso era permanente. Nosotros fondeábamos la lancha y nos íbamos a pescar con la canoa y capaz que estábamos 6, 7 horas en la canoa remando y pescando, viste. Hay muchos tangos dedicados a lo que es el mar… como Mañana zarpa un barco” -cuenta Marzocca, que se aprendía las letras para luego cantarlas a sus compañeros en esas jornadas en la ría. Sin duda una de las incidencias centrales del ciclo está dada por la voluntad de pensar la música desde sus diversos valores de uso, en las jornadas de trabajo, en la cocina mientras se pela la cebolla, en la calle, en los cumpleaños.
El proyecto supone al mismo tiempo un registro fotográfico minucioso de los equipos (radios, combinados, pasadiscos, grabadores, etc.) con los que la música etérea se materializa día a día en las casas de White. ¿O acaso la música es sim-ple-men-te intangible? Las púas, los cassettes manchados con aceite, la pila de magazines que no se tiran, la tapa del long-play que mantiene aún su etiqueta con el precio, afirman que no.
En próximas ediciones, las cocineras de las Cantinitas del Puerto, Cristina Leiva y Graciela Disciosia, contarán cuáles son los ritmos más populares entre sus comensales y las que ellas mismas aprecian mientras marcan y preparan los pedidos; Israela “Ita” Fica, exfiletera del ex frigorífico GEPA, recordará las canciones que les dedicaban los muchachos a ella y sus compañeras; el pescador Alberto Velazco contará por qué escucha cumbias desde un celular Giardini a bordo del “Camilo II”… Oigan esto.

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2008-06-27 00:00:00
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