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Pensar Bahía

El último malón
El terruño austral de nuestra América, como todo el continente, debió ser la tierra sin mal. Pero aconteció la invasión, el genocidio, la aberración, el esclavismo y la apropiación del ámbito y de las almas.
Siglos después se trazaron líneas de frontera, más al sur, en la Argentina, que se fueron corriendo, y también las comunidades aborígenes se fueron alejando, con sus sueños.
Paz y guerra, según las circunstancias y, al fin, el último “malón”, en la Bahía Blanca: en la pulpería cercana al Fuerte los indígenas se emborracharon y fueron muertos. Y fueron montañas de cadáveres por obra de la “maloca” blanca, de la que poco se habla y poco se siente, por ignorancia provocada por la fuerza del mal, que es el poder irracional.
Sin embargo, alguien contó que la noche, más oscura que otras, fue levemente emblanquecida por el humo de una hoguera hecha con hombres creados a imagen y semejanza de Dios, esto es, con dignidad, desconocida por la cultura cimentada en el agravio. Y dicen también que, en ocasiones, el viento del sur restalla gritos de dolor en los rincones ocultos del entorno lugareño
(Eduardo Giorlandini, texto editado en el CD Sudaka de Ramiro Mussotto, 2005)

Entre los intentos de edificar y hacer de este terruño un lugar “habitable” y “civilizado”, existen espacios olvidados en esta historia de Bahía Blanca. Una historia que no comienza en 1828 sino que comienza mucho antes.
¿Qué sucesos y que historias son los cimientos sobre los que se sostiene esta Bahía Blanca tan nuestra?

La presencia de culturas aborígenes en el relato de la historia de ciudad queda marginada de los actos y los recuerdos, como también la violencia con las que se las eliminó.
Se sabe que hacia 1859 la Legión Agrícola Militar repele el ataque de Cafulcurá y se produce el asesinato de 200 indios cuyos cuerpos son quemados en la plaza.
Sí, esa plaza tan nuestra guarda esas cenizas.

Pago Chico, Infierno Grande…
El nombre de Bahía surge por cómo se la conocía en las cartas de las tierras de ese entonces, y Blanca por el color de la tierra salitrosa. Recordemos que la Fortaleza Protectora Argentina fue la que dio origen a Bahía Blanca, y que ésta quedó fundada el 11 de abril de 1828. El origen de esta fundación habremos de buscarla en el pedido del entonces gobernador M. Dorrego a un tal Juan Manuel de Rosas, por ese entonces Comandante de las Milicias de Campaña: la necesidad de un fuerte que pueda fortalecer la defensa del sur.

Pero antes, mucho antes, un nombre en mapuche nombraba estas tierras “Huecufú Mapu” que traducido podría significar “tierra de los demonios”… Recordemos que esta zona era de difícil tránsito, poco atractiva también, así que no es muy extraño pensar que se le diera un nombre así.

“Tierra de los demonios” no en el sentido cristiano, sino demonios en el sentido de entidades o espíritus que regían el orden de las cosas, y a los cuales hay que sosegar con un don, algún tipo de regalos u obsequios. Esta idea de un tierra endemoniada, con una maldición originaria es una idea interesante para pensar a Bahía Blanca, una idea excesiva si se quiere, pero una idea que alude a la dificultad que padecemos tanto bahienses como aquellos que habitan estas regiones y que han padecido la inhospitalidad de esta ciudad.
Esta idea es una idea interesante que a lo largo de las literaturas y del imaginario colectivo ha ido atravesando la historia de Bahía Blanca: Carriego ha hablado de una “Bahía Negra”, Payró la llamó “Pago Chico”, Guillermo Martínez, “Infierno Grande”, Mallea, “Bahía del silencio”… son nombres muy poderosos que no tenemos por qué pensar que son casuales
. (Guillermo David, EcoDias 155).

Bahía de viento y de locos
Aquel que pone un pie en esta Bahía Blanca puede sentir el viento.
Y aquí un pensamiento inevitable, el recuerdo para nuestro coronel Ramón Bernabé Estomba, quien fundó lo que sería más tarde esta ciudad.
Ese mismo Ramón Estomba y su gente quizás fueron los primeros en nombrar y maldecir al viento en criollo en este pago, y en escucharlo ir y venir silbando, aullando.
Ese mismo Estomba que enloqueció al tiempo y sin dar muchas vueltas, y que se dice que afirmó fuera ya de quicio: “Desde ahora y para siempre, hasta la muerte y más allá de la muerte, dejo mi nombre insignificante para llamarme Demóstenes”. Estomba, cuyos restos dice conservar la Catedral local, murió en un hospicio creyéndose aquel gran orador griego. Murió entre gente que no tenía la más mínima idea de quién había sido.

¿Qué trae y qué lleva este viento?
¿Qué arrastra y qué empuja?
¿Qué desarma y qué construye?
¿Qué tantas hojas desparrama y cuáles junta?
¿Qué molinos invisibles hace girar este viento?
¿Contra qué muros choca y qué puertas y ventanas abre?
¿Qué fuegos aviva y cuáles apaga?

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2007-04-07 00:00:00
Etiquetas: Bahía Blanca.
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