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Historias del estuario
El museo Ferrowhite dio espacio al campamento donde se presentó "Isla invisible", el proyecto de residencias en las islas de la Bahía Blanca, iniciado a fines del año pasado.
Categoría: Cultura

El museo Ferrowhite dio espacio al campamento donde se presentó «Isla
invisible», el proyecto de residencias en las islas de la Bahía Blanca,
iniciado a fines del año pasado.

“Las costas de la bahía fueron un lugar de riesgo para las embarcaciones,
muchas de ellas quedaban encalladas en los bancos arenas, algunos las
abandonarían para cobrar el seguro y muchos otros luchaban para salir de
ellos”, cuenta Silvana Cinti, historiadora local y autora de “Las islas de la
bahía Blanca”. Rescata las palabras de un subprefecto, “cuando Bahía Blanca
incorpore el mar va a ser plenamente una ciudad”.
Un fogón es la oportunidad para compartir relatos, hacer de la memoria un
ejercicio que nos cuente quiénes somos los habitantes de un lugar. La ocasión
se concretó en Ferrowhite Museo Taller, el domingo 18 de marzo, dentro de las
actividades de presentación de la residencia artística “La isla invisible”,
dirigida por Agustín Rodríguez. El paisaje de la Rambla de Arrieta, bajo la
influencia del atardecer, y los asiduos y los curiosos visitantes alrededor de
una fogata, a la vieja usanza de encuentros que propician el relato de
historias. “El ambiente donde estamos es un humedal, un nombre baste novedoso
en el área del conocimiento, el humedal que no está relacionado solo con
humedad sino como un bioma con cuerpo de agua. Es importante que saber que
todas las costas son humedales, como la Laguna Chasicó”, aportó Cinti.
Las islas del estuario son Bermejo, Wood, Embudo, Ariadna y Trinidad, recibieron
sus nombres según datan los registros en 1520, “cuando por exploraciones
marítimas llega a estas costas la nave Victoria, una de las cinco embarcaciones
de la expedición de Magallanes, el derrotero de viaje realizó muchas culadas,
por eso le ponen el nombre de Trinidad, y que han sido registradas bajo la
característica de archipiélagos. Es una red intrincada de canales, nos
referimos como accidente costero bahía con canales de marea. En algunos
sectores, esos canales es el camino de navegación que han sido nombrados por
los pescadores artesanales de acuerdo a sus aventuras y la suerte que en ellos
han corrido”. Cinti aporta que el Instituto Geográfico Militar utilizaba
nomenclatura sencilla para ubicar las embarcaciones, debido a que los pescadores
no estaban alfabetizados, por lo tanto estas señalizaciones les permitían
hablar de latitud y longitud, “había marcas denominadas dentro del eje de la x
con letras y en el eje de la y con números, de esta forma podían avisar dónde
se habían quedado varados o para ubicarlos, y lograr entenderse”.
Respecto a las modificaciones que han sufrido las islas, la docente asegura que
han sido totalmente alteradas, tanto los archipiélagos como las costas. “Hay
registros desde 1860, en 1912 había una importante explotación agrícola
ganadera. En 1940 comienza a haber industrias tanto en la isla Ariadna como en
Bermejo, era la época del cazón. Con el propósito de su explotación, una
empresa norteamericana había instalado frigoríficos desde Mar del Plata a
Rawson, en toda la costa, proveía de tambores parafinados y todos los
pescadores se dedicaron a la pesca de esta especie, daba unos réditos muy
importantes y se había descubierto que el hígado del cazón producía una
vitamina que era muy importante para los aviadores de la Segunda Guerra
Mundial. Lo procesaban en América y el insumo provenía de acá. Esta actividad
se pagaba muy bien. Todo esto tuvo éxito hasta que se descubre la vitamina
sintética, entonces la empresa se fue del país. Quedó en su lugar una
cooperativa, hasta que finalmente cayó totalmente la industria. A la isla
Bermejo, los cazones eran transportados, había piletones, se procesaba el
hígado y el cazón era vendido”. La parte agrícola ganadera también modificó
mucho las islas, principalmente en las plantas tales zapa crespa, palo azul,
todas muy pequeñas, adaptadas para no perder humedad, “y se alteró con
tamariscos, eucaliptos, mucha vegetación diversa, también la explotación
ganadera produjo cambios, había mucha ganadería ovina, desde ovejas para
consumo como Merino, también había cerdos”.
Más cerca en el tiempo, por decreto en 2011 se declara la isla del Puerto o
también conocida como la Isla de la Gaviota Cangrejera. “En la cartografía
siempre existió, sin embargo, entre 1989 a 1992 se proyecta el dragado de este
puerto, de Puerto Belgrano, Coronel Rosales y hasta Cuatreros para poder
permitir que buques de gran envergadura ingresen por el canal principal, se
contrata a una empresa holandesa, que tiene una subcontratista rusa, con
trépanos de 2.500 toneladas, fueron los que realizaron el dragado a la altura
de las boyas más internas. La draga realiza una tarea impresionante, es posible
ver en imágenes cómo va tomando del sustrato, escupe barro y agua y luego se
espera que se sedimente. El material se depositaba en la Isla del Puerto, por
lo tanto, cuenta con 5 metros sobre el nivel del mar, después de ese accionar.
En ese momento, no se pensó en la nidificación de las gaviotas y se destruyó la
mayor parte, también se afectó las planicies de marea, donde queda uno de sus
principales alimentos, el cangrejo cavador”.

Misterios
Los habitantes de las islas son parte fundamental de la historia local, guardan
misterios y secretos, que en muchos casos no están documentados, “algunas
historias se pueden contar y otras no, porque no están registradas, no hay
testimonios o las personas descendientes no quieren confirmar”, describe. En el
año 1998, se retira la última familia que residía en la isla Ariadna, que había
sido arrendada por interés turístico, “invitaban a los pescadores para hacer la
cruzada del tiburón, salían de pesca, se sacaban piezas de 240 kilos y costó
mucho crear conciencia de hacer una pesca con devolución de piezas”. También
cuenta la historia, que sí está registrada con imágenes, la visita frecuente
del presidente Carlos Saúl Menem y sus allegados.
¿Hubo contrabando en estas islas?, preguntó un insidioso, “sí, hay muchas
historias sobre el contrabando”, desafió Cinti. Una está documentada en el año
1962, fue un contrabando muy importante de cigarrillos, que se resguardó en la
isla Bermejo, “nunca hubo ningún procesado, sí se vio a la Prefectura Naval
Argentina controlando los galpones, porque la isla no tiene agua dulce, sí
cuenta con aljibe armado con ladrillos encofrados, depósitos que se tapaban con
lonas”. Al parecer, al ser descubierto el escondite en un acuífero, Gendarmería
y contrabandistas se tirotearon, mientras que los primeros se alejaron del
lugar.
Testigos declararon que durante una sudestada se pudieron ver electrodomésticos
y bebidas alcohólicas en el sector de Ombucta, “hay testimonios pero no
declaraciones, por lo tanto no hemos podido escribir sobre esto pero ya varias
personas están en conocimiento de esta historia”. La muerte y el terror se
hacen esperar en las narraciones, “en la isla Wood se encontraron cuerpos
humanos, hay más de 10 testimonios que declararon que la persona que habitaba
la isla contrataba gente para que trabajara en la isla, eran personas que no
tenían familia y cuando terminaban el trabajo los acompañaba hasta la costa,
los mataba y los enterraba, esto se hacía para no pagarles. Se habrían
conservado los cráneos, y el resto de los cuerpos se degradaban, esta historia
data de 1910”.
Como dicen desde el Ferrowhite: “Ninguna de las islas de la bahía es invisible. Figuran
en mapas y cartas de navegación desde hace siglos. Sin embargo, resulta difícil
establecer a qué prestamos atención en ellas y a qué somos ciegos, cuáles son
los intereses que, de manera abierta o solapada, tabican nuestra mirada. A
contrapelo de aquellos discursos que pretenden asignarle una identidad y un
destino unívocos, «Isla invisible» invita a re imaginar nuestra
relación con este territorio, a ampliar el margen de lo que podemos ver, decir
y hacer en ese lugar incierto”.

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2018-04-17 00:00:00
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