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Una última reflexión
Categoría: Opinión

Hemos recorrido un largo e intrincado camino. Espero que en ese transcurso hayamos disentido más de una vez y que de esa diferencia se haya podido sacar conclusiones útiles. No se puede olvidar que vivimos en un mundo de cambio cuya velocidad asusta, a veces. Esta velocidad convierte a nuestras conclusiones en afirmaciones provisorias y ello no es un defecto de nuestro pensar sino la condición del tiempo que nos toca vivir. Los momentos de cambio como los que vivimos hoy ya se han dado a lo largo de la historia. Tal vez lo que lo diferencia es la velocidad con que vivimos nuestro tiempo, velocidad a la que deberemos enfrentar de dos modos: nos adaptamos a ella o la reducimos a un tiempo más humano. Yo me inclino por la segunda posibilidad, pero no puedo ocultar que puede que ello se deba a una marca generacional. Tengo muchos argumentos para defender esa posición, pero también sé que hay muchas cosas que se pueden demostrar argumentativamente sin que por ello tengan mayor validez.
Puedo decir, desde mis convicciones, que para que pueda haber una juventud sana y feliz debemos nosotros ser una generación de las mismas características. En caso contrario los jóvenes pagarán caro su derecho a la herencia. En la medida en que intentemos mimetizarnos con ellos, tarea imposible, ellos nos responderán como lo hacen hoy. “Cada lechón en su teta es el modo de mamar” decía el gaucho Fierro. Ello no impide la comunicación imprescindible para que se pueda dar una auténtica realización personal y comunitaria. La realización personal sólo es posible en una comunidad en la que todos puedan hacerlo, la amputación que se hace sobre uno o algunos de sus miembros le duele a la totalidad del cuerpo social, aunque intentemos no sentirlo.
La realización comunitaria exige un orden: moral (de more = costumbres) que el cuerpo social adopta como reglas de convivencia, de respeto mutuo, como ya quedó dicho, solidario con el otro, preferencialmente con el necesitado. Nuestra cultura occidental de cuño hebreo y heleno nos da abundante material para pensar y vivir en armonía, que siempre es inestable pero que debe encontrar mecanismo de reajuste. Sometidos a la máxima kantiana de no hacer a los demás lo que no desearíamos que nos hagan.
Respecto de los jóvenes no deberíamos olvidar lo que nos dejó dicho Arminda Aberastury (1910-1972): “Los padres necesitan saber que en la adolescencia temprana mujeres y varones pasan por un período de profunda dependencia donde necesitan de ellos tanto o más que cuando eran bebés, que esa necesidad de dependencia puede ser seguida inmediatamente de una necesidad de independencia, que la posición útil en los padres es la de espectadores activos, no pasivos”. Comprender este período de la vida de ellos, que también ha sido un período de nuestras vidas, permite ir adoptando en cada caso la distancia necesaria y sana para todos. “Un padre que da consejos, más que padre es un amigo”, siempre y cuando no se olvide de seguir siendo padre y no nada más que un amigo. Nuestros hijos no nos necesitan como sólo amigos, esos se los buscan solos, necesitan padres amigos y no padres distantes, bajo la excusa de darles libertad.
Con la esperanza de haber ayudado en alguna medida a pensar uno de los problemas que tanto preocupan hoy, ofrezco esta serie de notas a la consideración general. Cierro con una verdad de la sabiduría evangélica que creo nos sirve de guía a todos: “Por los frutos lo conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis”.

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2008-09-20 00:00:00
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