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Una democracia sin trabajo
Categoría: Opinión

De acuerdo a lo que hemos estado viendo en notas anteriores, es indudable que la superioridad operativa del sistema nuevo es notoria respecto del tradicional. Así lo demuestran el incremento de la productividad y de la rentabilidad. Pero no deben descuidarse las consecuencias sociales que atentan contra la estabilidad del sistema. El panorama que queda bosquejado impone la necesidad de reflexionar sobre el futuro de este cuadro social, sobre todo teniendo en cuenta que el proceso de la innovación tecnológica no sólo no se puede detener, sino que no es deseable que se detenga. No se puede pensar en resolver los problemas sociales haciendo correr el almanaque para atrás. Esto obliga a una mayor agudeza y creatividad en el planteo, y audacia en arriesgar posibles salidas alternativas.
Además, atribuir a la tecnología las consecuencias sociales que observamos nos impide ubicar el problema en su justo punto. No es el uso de esa tecnología el problema que debemos pensar. Es el uso que hace de ella un sistema económico que prioriza el lucro por encima de cualquier otro objetivo social. Se podría pensar, y no debe ser rechazado como disparatado, que la necesidad de menos horas/hombre para producir podría redundar en un acortamiento de la jornada de trabajo, en vez de disminuir los puestos de trabajo. Ya Francia ha ido avanzando por este camino. Claro está que ello se debe hacer sobre las ganancias elevadas de las empresas y su obligación de distribuir mejor las riquezas producidas. Todo ello nos está hablando del comienzo de una nueva etapa, para la cual las viejas recetas ya no sirven.
El incremento de la rentabilidad que las nuevas tecnologías generan habla de una economía próspera dentro de un cuadro social de empobrecimiento creciente. Esa rentabilidad va a parar a pocas manos: una vía posible de distribución sería la impositiva, con impuestos progresivos a las ganancias, como hay en algunos países, pero ello exige una clase dirigente con otra conciencia que la actual. Creo que seguir sobre el debate de aumentos de salarios es una necesidad que apunta hacia lo inmediato, pero esto parece ocultar que levantando la mirada podemos ver que el futuro, dentro de este cuadro, es muy negro. Se defiende así los derechos de los trabajadores ocupados, pero se abandona a su suerte la mayoría que crece constantemente de los desempleados que no encuentran modos de salida a su situación.
No es responsable observar cómo la nave lleva rumbo de colisión y quedarse mirando cómo se produce. Las opiniones citadas hasta aquí, por la importancia de quienes las dicen, por las posiciones que ocupan en los grandes centros de poder, no merecen ser puestas en duda. Es el resultado de hombres preocupados por el destino a que nos lleva el sistema y advierten horizontes tormentosos. Asumir el diagnóstico que nos ofrecen creo que acelera la posibilidad de pensar seriamente sobre el futuro. Aceptar que la cantidad de puestos de trabajo ofrecidos está disminuyendo, agregar a ello el incremento de la oferta de mano de obra por el crecimiento vegetativo de la población, que provee constantemente mayor cantidad de jóvenes en búsqueda de un puesto de trabajo, está advirtiendo ya claramente sobre la profundidad y gravedad del problema. No debe escapar a este cuadro el horizonte de delincuencia que acecha a esos jóvenes. Nace un nuevo tiempo que requiere una nueva lógica.


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2007-12-16 00:00:00
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