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Una democracia sin reglas morales claras
Categoría: Opinión

Frente al cuadro social que hemos estado viendo, a que ha llegado hoy la estructuración de la economía globalizada, es necesario detenerse a reflexionar sobre algunas de las afirmaciones hechas. Nos puede ayudar Emile Durkheim, quien a principios del siglo XX propone un concepto para analizar el estado social de la sociedad industrial: la anomia (falta de normas). No es que este sociólogo piense que han desaparecido las normas, pero observa que éstas ya no tienen la influencia que habían tenido en épocas anteriores. El deterioro moral que mostraba la sociedad industrial de esa época, y que siguió mostrando de allí en adelante, se debe a la pérdida de vigencia de las normas morales que deja a cada individuo librado a su propia voluntad. Esta voluntad, en un clima cultural en el que se ha desatado una búsqueda de lucro sin límites, no encuentra ninguna contención. Se libera la ambición, y el lucro se convierte en el objetivo supremo del sistema. Leamos al profesor:
“La totalidad de las reglas morales forma verdaderamente sobre cada persona un muro imaginario al pie del cual la marea de las pasiones humanas muere, simplemente incapaz de avanzar más allá. Por la misma razón -que se encuentran contenidas- es posible satisfacerlas. Pero si en algún punto se rompe esta barrera, estas fuerzas humanas previamente restringidas fluyen tumultuosamente a través de la abertura y no encuentran límites donde detenerse. Sólo pueden dedicarse, sin esperar satisfacción, a la persecución de un fin que permanentemente elude… Impotentes para llenarse a sí mismas porque se han liberado de todas las limitaciones, estas emociones producirán una desilusión que se manifiesta visiblemente en las estadísticas de suicidio”.
Durkheim había estudiado el incremento de la tasa de suicidios que él asoció a la descomposición moral. Hoy deberíamos agregar el consumismo, la delincuencia, el alcoholismo y la droga entre otras consecuencias de ese mismo proceso. A principios del siglo XX esto recién se insinuaba, ahora lo tenemos en toda su virulencia. Estas consecuencias pueden verse potenciadas, con mucha mayor intensidad, por la desocupación que genera el nuevo paradigma económico. Si bien esto se debe al cambio tecnológico, ya visto, no podemos dejar de ver que el afán descontrolado de riquezas es una parte componente de la nueva cultura. La corrupción galopante que ha invadido nuestro país es un extremo de un arco que abarca a muchos otros países, aunque en muchos de ellos se la encubra con argucias legales. Esta corrupción tiene su origen en esa anomia que señala Durkheim, que ahora tiene la impudicia de ostentarse.
Continúa este profesor: “Y esto se debe a que la moralidad tiene la función de limitar y contener, y la demasiada riqueza, lograda tan fácilmente, llega a ser una fuente de inmoralidad. A través del poder que confiere esta riqueza disminuye el poder que, dentro de nosotros, se opone a tales cosas. Consecuentemente al fortalecerse nuestros deseos hace más difícil mantenerlos a raya. En tales condiciones, el equilibrio moral es inestable; hace falta apenas un soplido para derribarlo. Así podemos entender la naturaleza y la fuente de esta enfermedad de infinitud que atormenta nuestro tiempo… Ya no siente el hombre esas fuerzas morales que lo restringe y que limita su horizonte. Pero si no las siente es porque ellas ya no tienen el grado moral de autoridad, porque se han debilitado y ya no son lo que deberían ser”.

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2008-03-07 23:00:00
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