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Una democracia con pobres y robots
Categoría: Opinión

El mundo tecnologizado que produce la admiración de tanta gente y que tiene fascinados a los jóvenes oculta tras esta máscara una muy dura realidad. Ese avance tecnológico no está pensado para el bien de la humanidad, como alguna alma ingenua pueda pensar. Tiene un objetivo supremo: la obtención de la mayor ganancia posible. El robot es una de esas maravillosas creaciones que producen admiración. Pero ese robot está en la empresa para suplantar a una persona, como ya vimos.
Pero debiera colocarse en reemplazo de aquellas estas tareas que son las menos humanas, por ser las menos creativas. En esos lugares el robot puede hacerlo con mayor precisión que el humano. Además el robot no se cansa, no se embaraza, no se enferma, se autorrepara, no se aburre. Y por la misma razón es deseable que tanto esas tareas, como las que implican un riesgo para la salud o la integridad personal, en el sentido más abarcador del término, sean realizadas por robots. El hombre no debería realizar ese tipo de tareas. Pero no se debe olvidar que el robot es competencia del trabajo humano, y lo desplaza de los puestos laborales, en tanto este fenomenal dispositivo está al servicio de la rentabilidad del capital. No es el robot el que despide al trabajador, es el dueño de él quien lo hace, en su búsqueda incesante de incrementar su renta.
Pero, al mismo tiempo, nos está anticipando la posibilidad de un tiempo futuro más humano. Entonces, cómo no alegrarnos de estar en las puertas de una sociedad que está en condiciones de liberar al hombre del trabajo más rutinario y extenuante. Cómo no agradecer el poder plantear la posibilidad de un mundo de trabajo creativo y libre. He allí la paradoja de este cambio en la concepción del trabajo que introduce la tecnología cibernética. Puede anunciarnos un mundo más confortable pero puede, también, como ya está ocurriendo aumentar la explotación de los trabajadores. Entonces ¿dónde está el problema? En dejar librado al mercado las decisiones sobre este tipo de sustitución.
Cuando digo esto viene a mi mente el trabajo de investigación de Alvin Toffler, porque en 1980 él nos advertía que eso ya estaba sucediendo. Esta transformación del trabajo lleva ya más un cuarto de siglo. Es comprensible que no lo hayamos advertido al principio, pero hoy nos lo encontramos en pleno desarrollo. La sociedad posindustrial, la tercera ola en sus palabras, se mostraba así, invadido con un optimismo exagerado: “… el trabajo se va haciendo menos repetitivo, no más. Se hace menos fragmentado, y en él cada persona realiza una tarea un poco más grande… El horario flexible y la fijación del propio ritmo sustituyen la antigua necesidad de sincronización colectiva del comportamiento. Los trabajadores se ven obligados a habérselas con cambios más frecuentes en sus tareas, así como una cegadora sucesión de traslados de personal, cambios de productos y reorganizaciones… (se) necesitan cada vez más hombres y mujeres que acepten la responsabilidad, que comprendan cómo engrana su trabajo con el de los demás, que puedan hacerse cargo de tareas mayores, que se adapten con rapidez a nuevas circunstancias y que estén sensitivamente sintonizados con las personas que les rodean”.
Este optimismo nos habla de las potencialidades, pero no de las realidades actuales. Antes de incursionar en el análisis del tema de hacia dónde debería y puede evolucionar la sociedad occidental debemos detenernos en un problema pendiente: la deuda externa, por los efectos sociales que acarrea.

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2008-04-05 00:00:00
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