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Los niños como sujetos de derecho
Categoría: Opinión

La Ley 13.298 de Promoción y Protección de Derechos del Niño de la Provincia de Bs. As. lleva ya algo más de tres años de su implementación, lo cual es una invitación para evaluar y hacer un análisis crítico. Es una oportunidad para poner al día los aprendizajes de esta breve historia, dentro de un contexto histórico algo más extenso, considerando lo que nos dejó la crisis del 2001 y el perverso sistema de la década del ’90.
Estos aprendizajes no pueden quedar únicamente en la posibilidad de apuntar cuáles fueron sino en qué medida nos inspiran para iniciar nuevos desafíos, sin lugar a dudas en otro contexto, dentro de un período de la historia reciente de los últimos diez años, en el que ha habido indefectiblemente cambios, situaciones, circunstancias que han mutado, y entre estos importantes cambios y adecuándose en el texto a la Convención de los Derechos del Niño, la citada Ley 13.298.

Una nueva construcción
Hablando de texto y contexto, es preciso ubicar en un nivel preponderante precisamente a la letra de dicha Ley, en un encuadre de debate, no sólo por parte de aquellos que tienen incumbencia y/o responsabilidad institucional a nivel local. Se necesita el debate en las fibras más íntimas de la sociedad, dentro de la comunidad, en el ámbito académico, judicial, periodístico, empresarial, etc.
Nuestro país adhiere a la Convención y de hecho se refleja en la Constitución Nacional a partir de la Reforma de 1994, y precisamente la provincia más grande de la Argentina, Buenos Aires, tardó trece años más para asumir el compromiso de adecuar legislativamente la responsabilidad que le cabe al Estado en materia de Niñez, rompiendo con la ideología de la vieja Ley de Patronato.
Nuestra ciudad, a través de la figura del intendente municipal, rubricó el Convenio con la Provincia, permitiendo que la 13.298 anclara y empezara a extender raíces en Bahía Blanca. Tímidamente, ensayo y error, resistencia, dificultades en la comunicación, las responsabilidades y la internalización de los distintos efectores desniveladas con relación a asumir como propios a los niños con derechos vulnerados, persistiendo de alguna manera la típica “le corresponde al otro”.
Y en este punto estamos, como queriendo reconocer al niño, primero como sujeto de derechos, y segundo como una responsabilidad compartida. Quizás porque en los últimos años el énfasis estuvo puesto particularmente en la difusión de los Derechos del Niño, y algo en la promoción de los mismos.

Hacer visible un camino de oportunidades
Hoy, ya es tiempo de colocar en un plano relevante de debate amplio, participativo y donde por sobre todo las organizaciones de niños y adolescentes puedan intervenir y contribuir activamente en el diseño de los planes de acción.
En este punto, viene a mi memoria un diálogo personal que tuve en el año ’92 con alguien que fuera maestro de Trabajadores Sociales, el lic. Emilio Fernández, quien me transmitió en esa oportunidad, y en el marco de la reforma que estábamos iniciando en la institución que coordino, “Sueño de Barrilete”, por entonces “Casa del Menor en la Calle”, algunas sugerencias que luego pasaron a ser objetivos de la institución y formaron parte del ABC en la metodología de trabajo que nos acompaña hasta el día de hoy, y que nos ha dado a lo largo de estos años, con aciertos y errores, un balance final netamente positivo.
Me decía, primero, que la institución debía salir al encuentro de la comunidad, de los líderes barriales, de las agrupaciones sociales que trabajaban en pos del mismo barrio, de su gente, con y por los niños. Que si nos acercábamos con la mayor apertura para escuchar, íbamos a poder sentir los sueños y las reales necesidades, para no cometer el error de implementar proyectos descontextualizados, que por lo general generaban un alto costo y que se derrumbaban en corto tiempo como castillo de arena.
Segundo, que debíamos estrechar fuertemente vínculos con la institución Escuela. Él sostenía al respecto, que la escuela no sólo debía cumplir con su función educativa formal dentro de un horario preestablecido para el logro de su objetivo, sino que debía cumplir con un fin social más amplio, contenedor para con aquellos adolescentes y jóvenes que habían pasado su niñez por las aulas; debía ser un espacio ampliamente aprovechado para trabajos de grupo, charlas, capacitaciones, para expresiones culturales, artísticas a través de las cuales se generara un sentido de pertenencia hacia esa escuela, contrarrestando de esa forma, lo que ya empezaba incipientemente a gestarse: algunas escuelas sufrían desmanes y robos.

Fernández estaba convencido de alguna manera que el sistema educativo y por ende desde la propia escuela, se había iniciado un proceso de marginación y expulsión de los chicos considerados “problema”, y que las consecuencias futuras, si esto no se revertía, serían nefastas para los mismos niños, y finalmente esto se volvería en contra de dicho “modelo”, sus ejecutores y sus estructuras.
Por último, Emilio Fernández, y en esta apretada síntesis de un extenso diálogo, concluía su análisis diciendo que el principal obstáculo estaba en nosotros mismos, refiriéndose a los efectores del estado provincial y municipal muy especialmente, ya que cada uno nos dedicábamos a “cuidar y regar nuestra propia quinta”. Agregando que ahí estaba el primer desafío de cambio, el encuentro con el otro, y la capacidad de renunciamiento que debía existir.

Creo que lo que resta en esta nueva construcción, está de alguna manera explicitado en la transcripción de lo que mi memoria recuerda de aquella plática con Emilio Fernández, y que tiene como cimiento el salir al encuentro de la comunidad, de los líderes barriales, de las agrupaciones sociales que trabajan en pos del mismo barrio, de su gente, de los propios niños, que tanto tienen para decirnos. Sin esto, de poco sirven solamente los grandes recursos económicos, ya que estaremos erigiendo sobre terreno cenagoso. El debate debe ser necesariamente inclusivo.
Cuando nos referimos a niños con derechos vulnerados, muchas veces los visualizamos o los ubicamos en un determinado contexto social, nos aparece la imagen de ese niño como una pincelada de un objeto en el paisaje urbano. Tal es así que para una gran parte de la sociedad, termina siendo prácticamente imperceptible.
Este es uno de los síntomas de la exclusión, que no se inicia en el propio niño sino en el núcleo de la misma familia, pero no como causa sino como consecuencia de “estar fuera de”.
Si consideramos que la familia es precisamente el nido en el que cada niño no sólo da sus primeros pasos, sino donde aprende las lecciones básicas, elementales de la vida en sociedad, ya tendremos la primera aproximación del estar “fuera de”: una vivienda digna, una educación formal apropiada, un trabajo que permita a los padres proveer lo necesario a su prole para una adecuada subsistencia.
Así el niño comienza a temprana edad, a vislumbrar sin proponérselo, cómo su vida comienza a acelerarse quemando etapas que no recuperará.

La nueva Ley de Niñez refiere en su esencia la necesidad de la corresponsabilidad, para su aplicación y el éxito en los resultados. Esto implica asumir, por parte de la sociedad en su conjunto, cada uno el compromiso que nos cabe en esta materia, no desde una horizontalidad sino desde una transversalidad, dentro de la cual sin lugar a dudas, la principal responsabilidad le cabe al Estado, implementando políticas sociales inclusivas (educación, salud, vivienda, promoción de la niñez, etc.), y los fondos necesarios para su implementación.

Elmo Fantino es director de Sueños de Barrilete.

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2010-08-07 00:00:00
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