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Un profeta de estas tierras
Categoría: Interés general

Hay hombres que tienen la capacidad de comprender el mundo en que viven con una profundidad tal que les permite pronosticar lo que sucederá, de no cambiar algo. Tienen ese algo que tiene el profeta, una habilidad especial para escudriñar en los tiempos que vienen. Porque el profeta no adivina; él intuye, deduce de las conductas humanas los caminos que esperan a los que se comportan de ciertos modos. Por ello el profeta no habla de lo natural ni de lo cósmico, habla de lo humano.
Hace poco se han cumplido 49 años de la desaparición de un argentino que reunía estas características. Nacido en 1898, pasó su niñez en tiempos del centenario, gobierno de los conservadores, fraude descarado, mucha riqueza en pocas manos y miseria para la mayor parte de los hombres de nuestra patria. Las razones de tanta injusticia le preocupó siempre y su vida fue una búsqueda incesante para encontrar una explicación para un país que se lo llamaba el “granero del mundo” y en el que una gran parte de su población era muy pobre. Se dedicó al periodismo y a la investigación social, política y económica. Su pluma aguda le permitió ganar cierto prestigio en los salones literarios. En su búsqueda llegó a una primera síntesis que desarrolló en El hombre que está solo y espera.
Cuando la crisis de Wall Street llegaba hasta nuestras tierras, la miseria, la desocupación y el hambre se acentuaron. Entonces cambia de rumbo y desde las meditaciones metafísicas pasa a la investigación política y económica: “Sonreí, luego, de mis ingenuidades cuando percibí que la razón de nuestra incapacidad era más presente y concreta. Así entré al estudio de los constituyentes económicos de mi país, no porque la economía y su cotización de materialidades me atrajera particularmente, sino porque no es posible la existencia de un espíritu sin cuerpo y la economía es la técnica de la auscultación de los pueblos enfermos”.
Esa investigación lo llevó a la convicción de que “no hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad cuyos lazos económicos no están trenzados en un destino común. Así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma”. Descubre que todo lo que le habían enseñado era “una mentira descomunal”, que “todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia que nos enseñaron, falsas las perspectivas mundiales que nos presentan, falsas las disyuntivas políticas que nos ofrecen, irreales las libertades que los textos aseguran”.
Esa Argentina de hace casi ochenta años ha cambiado en parte, pero siguen muchas de las falsedades que nos contaron. Si bien algo se ha hecho y algo se está haciendo, las palabras de Raúl Scalabrini Ortiz vuelven hoy como un eco del pasado reclamando el cumplimiento de programas que están todavía pendientes. Parte de lo que escribió se podría volver a publicar como crónica de este presente todavía irredento.
En las investigaciones que realizaba se encontró con algunas verdades que saltaron frente a sus ojos: “Computé los elementos primordiales de la colectividad y verifiqué con asombro inenarrable que todos los órdenes de la economía argentina obedecían a directivas extranjeras, sobre todo inglesas: ferrocarriles, tranvías, teléfonos y por lo menos el 50% del capital de los establecimientos industriales y comerciales es de propiedad de extranjeros, en su mayor parte ingleses. Esto explica por qué en un pueblo exportador de materias alimenticias puede haber hambre: ha comenzado a haber hambre. Es que ya al nacer el trigo y el ternero no son de quien los sembró o crió, sino del acreedor hipotecario, del prestamista que adelantó los fondos, del banquero que dio un préstamo al Estado, del ferrocarril, del frigorífico, de las empresas navieras… de todos menos de él”.
Cuando descubre todo esto se da cuenta que el diario La Nación, donde trabaja, no le va a publicar nada de lo que quiere comunicar de sus investigaciones. Porque “todo lo que dentro del cuerpo social argentino significa fuerza organizada: la oligarquía, el periodismo, la inteligencia universitaria y las miles de ramificaciones en que se diversifica” está en contra de lo que quiere escribir. El panorama de hoy no es muy diferente.
Las declaraciones de Scalabrini nos permiten comprender por qué, tanto antes como ahora, les es tan difícil a los intelectuales colocarse del lado de la causa del pueblo. Esto implica una renuncia nada fácil de pensar y menos de hacer.

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2008-07-11 00:00:00
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