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No es vano luchar por Verdad y Justicia
Categoría: Interés general

En sede judicial federal de Bahía Blanca, hacen treinta y dos años, que un caso espera su cierre. Que será con el encarcelamiento de una banda responsable del secuestro, torturas y posterior fusilamiento de la ex trabajadora no docente en la Secretaría de Bienestar Universitario de la Universidad Nacional del Comahue, Mónica Morán, nativa de Bahía Blanca. Había ingresado en la primavera democrática que arrancó en 1973. Permaneció hasta que, en 1975, investido “interventor” de la U.N.C. llegó Remus Tetu, de connotada vinculación con el accionar de la “triple a”. Las cesantías decretadas por éste desde los primeros días, ubicaron a Mónica entre las decenas de expulsados, por lo que decide regresar a su ciudad natal.
Y aquí estaba, entregada de pleno a su vocación, el teatro, los títeres y los niños (en actividades que cumplía en la sala «La Ranchería», de Rondeau 220, sede del afamado Teatro independiente “Alianza” del cual había egresado) cuando cercano a la medianoche del 13 de junio de 1976 en el lugar se abatió el horror de los tiranos. Cinco chacales, con vestimenta civil y “armados con pistolas y ametralladoras de las comúnmente utilizadas por la policía y fuerzas armadas”, como constan en las denuncias que se hicieron, interrumpieron el trabajo de los artistas. Les ordenaron “tenderse boca abajo y con las manos contra el piso” a quienes se encontraban en el lugar.
«¿Quién es Mónica Morán?», «¿Quién es Mónica Morán?» gritaban los agresores. Tras identificarse, alzando su documento de identidad, con un claro, firme, “yo”, comienza su secuestro. Mientras es arrastrada hacia la calle, en el camino a la fuga con la víctima y en medio de amenazas de muerte a sus compañeros si se movían del encierro en que quedaron, sus captores se dieron a la rapiña, como ya era de práctica conocida en casos similares, “robando pelucas de teatro, todos los abrigos, todo el dinero y todos los documentos personales”. ¿Por qué entonces, no llamarlos, además, ladrones?

Mientras aquí ocurría todo esto, en Neuquén, corrían igual suerte Susana Mugica y Alicia Pifarré, ambas amigas de Mónica, ambas también, de la Universidad del Comahue. La Justicia pudo determinar que las tres tuvieron sórdido destino en el campo de concentración “la escuelita”, ubicada en la sede del Comando Vº Cuerpo de Ejército, aquí en Bahía Blanca. Inútil había sido el peregrinar de familiares y amigos por comisarías, reparticiones militares, oficinas eclesiales. En las primeras, respuestas eran la burla y hasta amenazas; de las segundas, en la mayoría de los casos recibían argumentos dilatorios o reprimendas. Era la cara oculta de la complicidad con los tiranos.

Buscando a Mónica, aquella noche del 13 de junio el recorrido se inició a cien pasos de donde fue secuestrada. En Rondeau 139, delegación local de la Policía Federal, al exponer sus compañeros sobre lo ocurrido, reciben el frío trato de la indiferencia. De igual modo se los atiende en la también cercana Seccional Segunda de la policía provincial y en el Comando Radioeléctrico. En estas dependencias no hubo escribientes para recibir denuncia alguna y ante la insistencia para que alguien tomara nota, lo escrito fue en recortes de papel, “que con esto es más que suficiente”.
Un hermano suyo, suponiendo que su grado de oficial en la marina de guerra le permitiría saber datos ciertos del paradero de Mónica, hizo averiguaciones. A través de sus superiores en Puerto Belgrano, recibió la noticia: el Servicio de Informaciones Navales (S.I.N.) confirmó que “la detención se produjo con intervención de fuerzas del Comando del Vº Cuerpo de Ejército y se encuentra bien”. Por la carencia de novedades ciertas sobre su paradero, los padres de Mónica, que tenían un vecino sacerdote católico, capellán del Vº Cuerpo de Ejército, toman contacto con él. Supieron así, que «había visto a Mónica; que se encontraba bien y que posiblemente quedaría a disposición del Poder Ejecutivo”.

Pese a la noticia dada por el cura -que a la distancia se nos ocurre configura encubrimiento- el día 24 de junio de 1976, la familia, sus amigos y la población entera fue sacudida por la noticia televisiva del mediodía. «En un operativo realizado por el Vº Cuerpo de Ejército, en un domicilio de la calle Santiago del Estero y a raíz de haberse producido un enfrentamiento armado, fueron abatidos cuatro elementos subversivos, habiendo sido identificados sólo uno de ellos: Mónica Morán, de 27 años, maestra, domiciliada en Bahía Blanca, procurándose la identificación de los cadáveres restantes».
Se anunciaba así, el primer homicidio aplicando las técnicas del terrorismo de estado en nuestra ciudad, rodeado de una gran mentira. Las autoridades militares sabían que no era cierto «que luego de haber sido detenida, fue puesta en libertad y del Vº Cuerpo, fue directamente al domicilio de la calle Santiago del Estero, donde se reunió con otras tres personas… habiéndosela seguido, se procuró su arresto y siendo contestada la intimación por disparos que fueron repelidos, el resultado fue el abatimiento de todos”. Fue un “combate” fraguado del que jamás se informó sobre la identidad, edad, sexo o filiación de los otros tres presuntos caídos.

Familiares de uno de los supuestos abatidos -se trataba de quien hasta hacía poco había sido su habitual habitante- y que habían repetido el periplo: policía federal, policía bonaerense, autoridades navales de Puerto Belgrano (el padre de la supuesta víctima conservaba su condición de infante de marina) a casi cuatro meses del hecho recibieron muestras fehacientes que estaba “sano y salvo”. Era la prueba de la infame mentira.
Correspondió al juez Baltasar Garzón ratificar todo lo que había probado el trabajo de los jueces de la Cámara Federal bahiense: la única víctima en la casa de Nicaragua 905, esquina Santiago del Estero 376 la madrugada del 24 de junio de 1976, había sido Mónica Morán. Los otros supuestos masacrados, sólo fueron producto de la mentira que armó el mitómano Acdel Vilas: de “acción psicológica de la guerra” calificó comunicados como el que dio cuenta del crimen cometido en perjuicio de Mónica. Sus confesiones de todo esto, constan en las actas del Juicio a las Juntas; en las del Juicio por la Verdad en Bahía Blanca y en los fundamentos del pedido de captura internacional de decenas de militares asesinos emitida por Baltasar Garzón.

Hoy Mónica Morán, quizás comienza a descanar en la paz que le negaron sus verdugos. Se supo y probó, que había sido brutalmente torturada en la llamada “escuelita” del Vº Cuerpo de Ejército en Bahía Blanca; que la dignidad de un joven soldado médico permitió, a través de su testimonio, saber que durante la noche del 23 de junio de 1976, en uno de los baños de esa dependencia, fue masacrada a ráfaga de ametralladora; que en el momento de ser secuestrada en el teatro «La Ranchería», asistía Néstor Hernández, sicario disfrazado de alumno (en realidad, agente encubierto de la S.I.D.E.) cuyo trabajo de espía normalmente lo cubría en la desaparecida ENTEL, en el turno noche; que en el lugar donde según las versiones militares «fue abatida», supo funcionar la “Editora Nacional”, un pequeño negocio de imprenta y fotocopias cuyas persianas enclenques permitían el acceso fácil desde el exterior al salón y a la casa de familia que componían el edificio, abandonado desde mediados de diciembre de 1975 y saqueado por fuerzas policiales al alba del 29 de diciembre de ese año, tres meses antes del golpe del 24 de marzo, según consta en recuperados archivos de la bonaerense. Cuando algún día podamos hacer el homenaje a Mónica, que se le debe en esa esquina de Nicaragua y Santiago del Estero, seguramente será pensando que no es vano luchar por “Verdad y Justicia”, renovando nuestra esperanza de que “con la memoria siempre fresca construiremos nuestra Historia”.

Nota completa en: www.derechos.org/nizkor/arg/doc/coria1.html  
Más información sobre la represión en Bahía Blanca:
www.desaparecidos.org/arg/testimonios/moran.html
www.desaparecidos.org/arg/victimas/listas/bahia.html

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2008-06-21 00:00:00
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