
En julio de 2020, mientras el mundo se paralizaba por la pandemia, un grupo bahiense comenzó a organizar respuestas para un problema invisible: mujeres gestantes en situación de desamparo, violencia o pobreza extrema. Hoy, la Asociación Civil Jazmín del Cielo -conocida como ONG Contá Conmigo- cumple cinco años de trabajo sistematizado, integrando una red nacional con organizaciones similares. Su método combina asistencia material con un protocolo de acompañamiento emocional y legal.
En un contexto social que a menudo prioriza lo individual y lo descartable, surge una respuesta colectiva que elige mirar al otro, especialmente al más vulnerable. Esta labor es un ejercicio constante de empatía activa y apoyo concreto que busca, por encima de todo, devolver la dignidad a una etapa de la vida que debería estar marcada por la esperanza, pero que para muchas se convierte en una encrucijada llena de incertidumbre y miedo.
Esta iniciativa se sostiene gracias a un grupo de voluntarias, entre quienes se incluyen profesionales que donan su tiempo y conocimiento. Su metodología de trabajo es meticulosa y se basa en el respeto absoluto por la autonomía y la historia personal de cada mujer. El proceso nunca comienza con una intervención directa, sino que se activa cuando existe una solicitud explícita de ayuda.
«La pandemia no fue limitante. Nos decían: ‘¿Cómo hacen esto en plena cuarentena?’. Usamos los recursos disponibles: llamadas, voluntarios con permisos de circulación y donaciones», relató la referente de Contá Conmigo, Liliana Caspe. El primer caso que atendieron -un bebé que hoy tiene cinco años- marcó el rumbo: «Siempre han estado muy cercanos a nosotros y agradecidos por el acompañamiento en ese momento de tanta dificultad». La institución no interviene sin consentimiento; las derivaciones llegan vía un 0800 nacional y se activa un binomio de acompañantes capacitadas.
Historias que transforman
La frase del médico Pablo de la Torre -«Llevan en su vientre el futuro de la patria»- resume su filosofía. «Si no miramos al otro, ¿qué sociedad construimos?», reflexionó sobre el final. Pese al individualismo de la época, destacan el rol de «donantes silenciosos» y la resiliencia de las madres: «El agradecimiento sana. Muchas logran rehacer sus vidas y replicar la solidaridad».
El verdadero núcleo transformador de este trabajo va mucho más allá de lo material. Radica en la escucha activa, en la voz que se toma su tiempo para contener y respaldar, en el mensaje repetido hasta la saciedad de que hay esperanza, de que siempre se puede salir adelante. Es la antítesis del mensaje de texto frío y distante; es la calidez humana hecha acción.
El ciclo virtuoso de esta labor se cierra con una poderosa retroalimentación. El agradecimiento de las mujeres asistidas, a menudo expresado con una emoción que desborda las palabras, no es visto como un fin, sino como un elemento sanador y un motor para continuar. Muchas de estas madres, una vez estabilizadas y superada su situación crítica, manifiestan el deseo de retribuir la ayuda recibida. Algunas lo hacen conectando a otras mujeres con la organización, otras dando su testimonio, que se convierte en una herramienta potentísima de esperanza para quien se siente identificada. «Algunas esperan que sus hijos crezcan para sumarse como voluntarias”.
Este fenómeno demuestra que la solidaridad no es lineal, sino un círculo que se expande. Los voluntarios no son seres excepcionales o intocables; son personas que, en muchos casos, han atravesado sus propias dificultades muy profundas y hoy pueden levantar el rostro para tender una mano a quien ahora está donde ellos estuvieron. Otros, simplemente, movidos por una misericordia auténtica, eligen compadecerse del sufrimiento ajeno porque tienen la convicción de que nadie debería pasar solo por un momento tan definitivo.
La esencia de este proyecto es una siembra constante, paciente y anónima. No siempre se ven los frutos de inmediato, pero se avanza con la seguridad firme de estar contribuyendo a un propósito mayor: asegurar que cada vida, tanto la de la madre como la del hijo que crece en su vientre, tenga la oportunidad de desplegar su propósito en condiciones de dignidad.
Es un recordatorio potente de que, frente a la narrativa de la desesperanza y el desapego, siempre habrá espacios donde se teje una red de cuidado que sostiene, contiene y afirma con hechos que el futuro se construye con acciones presentes, con empatía y con la inquebrantable certeza de que mirar al otro es el primer y más importante paso para construir una verdadera sociedad.
Autor: Redacción Ecodías


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