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Las pruebas del horror
Comenzaron las declaraciones de testigos en el juicio a 18 imputados por delitos de lesa humanidad. Los primeros en hacerlo fueron Víctor Benamo, René Bustos y Reinaldo Reiner quienes narraron el secuestro y los tormentos sufridos durante su cautiverio en “La Escuelita”.
Categoría: Derechos Humanos

Comenzaron
las declaraciones de testigos en el juicio a 18 imputados por delitos de lesa
humanidad. Los primeros en hacerlo fueron Víctor Benamo, René Bustos y Reinaldo
Reiner quienes narraron el secuestro y los tormentos sufridos durante su
cautiverio en “La Escuelita”.

El juicio contra 18 represores acusados de crímenes de lesa humanidad en Bahía
Blanca comenzó a tomar un color diferente. El martes 9 de agosto de 2011 se
desarrolló la novena audiencia que de por sí ya era distinta debido a que un
día antes se confirmaba la muerte del represor Julián “Laucha” Corres. De esta
manera, un nuevo responsable del Terrorismo de Estado moría impunemente, y los
19 enjuiciados pasaron a ser 18 aunque, como se sabe, en el Aula Magna de la
UNS sólo se presentan 17 debido a que Miguel García Moreno continúa prófugo.
Ni bien iniciada la audiencia, la secretaria del tribunal comunicó que se solicitó
tomar las huellas dactiloscópicas de Corres, el certificado de defunción y que no
se cremara su cuerpo.
Luego de ello, los abogados defensores realizaron las ya recurrentes
solicitudes que vienen haciendo desde la primera audiencia.
Al finalizar ese tramo, el juez José Triputti, ahora presidente del tribunal,
anunció que se tomarían las correspondientes declaraciones indagatorias a todos
los acusados presentes en la sala. El primero en subir al estrado fue Héctor
Jorge Abelleira, ex policía federal de Viedma quien no autorizó a ser
fotografiado. El impedir el trabajo de un fotógrafo ya había sido pedido
minutos antes por un abogado defensor.
Al momento de preguntársele si iba a declarar, Abelleira respondió que no iba a
hacerlo, reservándose ese derecho para otro tramo del juicio.
La misma respuesta dieron, en el siguiente orden: Juan Manuel Bayón, general de
Brigada retirado quien aclaró que andaba “corto de oído” y a quien le “costó”
la pregunta sobre su domicilio actual, la cual confundía con otra sobre su
último destino al momento de realizar su labor como militar; Eduardo Condal, coronel
retirado; Carlos Alberto Contreras, policía retirado de Viedma; Hugo Delmé,
coronel retirado del Ejército; Hugo Carlos Fantoni, coronel retirado; Vicente
Antonio Forchetti, subcomisario retirado de la Policía Federal; Héctor Goncálvez,
ex policía federal de Viedma; Jorge Horacio Granada, teniente coronel retirado;
Jorge Enrique Mansueto Swendsen, ex jefe del Estado Mayor del V Cuerpo de
Ejército; Jorge Anibal Masson, teniente coronel retirado; Mario Carlos Antonio
Méndez, teniente coronel retirado; Andrés Reynaldo Miraglia, ex oficial superior
del Servicio Penitenciario provincial; Osvaldo Bernardino Páez, teniente
coronel retirado; Héctor Luis Selaya, integrante jubilado del Servicio
Penitenciario Bonaerense; Carlos Alberto Taffarel, coronel retirado y Walter
Bartolomé Tejada, coronel retirado del Ejército.
El único de los represores que agregó algo más a su negativa a declarar, fue
Mansueto Swendsen quien cuando Triputti le preguntó sobre sus antecedentes
penales, señaló su imputación como “jefe de Batallón de Comunicaciones 181 de
Bahía Blanca y falsamente, como lo demostraré, como jefe de área en esta misma
ciudad”. Mansueto Swendsen habló de un folio que pidió se remita al tribunal
para comprobar lo que considera una falsedad, en cuya foja 7040, cuerpo 24,
figuraría el verdadero nombre del jefe de área. También citó el cuerpo 27
respecto a un estudio técnico realizado por los laboratorios de la Policía
Federal y de Gendarmería, en donde estaría la firma del coronel que firmó como
jefe de área.
Finalizada esta etapa, se dictó un cuarto intermedio hasta la tarde de ese
mismo martes 9 en que se realizó una inspección ocular de las instalaciones del
Ejército en donde funcionó el ex centro clandestino de detención, “La
Escuelita”. Todas las partes concurrieron al lugar, incluidos medios de prensa
y querellantes en la causa.

Primer testigo
En la mañana del miércoles 10 de agosto, se produjo otro hecho histórico
que fue la declaración del primer testigo del juicio. En este caso se trata del
dirigente justicialista y abogado Víctor Benamo, quien estuvo secuestrado
durante 33 días durante la dictadura militar.
Acompañado por una psicóloga, Benamo dio una reseña de su historia como
militante del peronismo e hizo referencia al accionar de la Triple A, afirmando
que la represión empezó con López Rega.
En aquellos años, Benamo dejó Bahía Blanca y se radicó en Capital Federal donde
se vinculó a un estudio de abogados en el cual colaboró haciendo defensas
penales sin salir debido a que la actuación “de este tipo de criminales que
cobijaba López Rega” no le permitía correr riesgos.
Al momento de producirse el Golpe de Estado, Benamo, creyendo que la represión
había terminado, se dirigió ante la autoridad policial para saber dónde
declarar en razón de que el general Vilas había dicho que Benamo recibía plata
de la organización Montoneros.
Allí mismo Benamo fue detenido y así empezó su calvario de tormentos y
torturas.
Luego de ello, Benamo fue traslado en avión hacia Bahía Blanca donde cree haber
llegado desmayado y destacó que siempre estuvo vendado. El testigo relató el
horror vivido y cómo podía oír a otras personas en esa misma situación:
“Escuché cosas aberrantes”. También deslizó la posibilidad de la existencia de
tres “Escuelitas” aunque no lo pudo afirmar.
Benamo narró que estando secuestrado se escuchaba el ruido de un tren e hizo
hincapié en la “inconfundible” voz de Santiago “el Tío” Cruciani -impunemente
fallecido- como uno de los interrogadores.
La describió como una voz gruesa y vieja, destacó que en ese momento no sabía
de quién se trataba y que después supo que era Cruciani. A su vez, recordó que
al momento de su cautiverio, los represores se jactaban con la frase “ahora
viene el Tío”.
Finalizado su secuestro en “La Escuelita”, Benamo fue trasladado a la cárcel de
Villa Floresta a la que llega en muy malas condiciones de salud. Las mismas se
remitían a problemas en la clavícula y para levantar los brazos por haber sido
picaneado colgado, al punto que no podía ponerse de pie. Ya en la cárcel,
señaló que fue su hermano médico quien concurrió a asistirlo.
Luego de la declaración, el juez Triputti ordenó un cuarto intermedio de 20
minutos que una vez cumplido dio lugar a las preguntas de las partes. Entre
ellas, uno de los abogados defensores, se dirigió a Benamo a fin de saber si ya
en la cárcel, en condición de preso legalizado, lo volvieron a interrogar o
molestar. Benamo respondió que no y que el único que intentó interrogarlo fue
el ex juez, ya fallecido, Guillermo Madueño lo cual motivó la reacción de Benamo
quien se negó a tal interrogatorio.

“Me dieron hasta que se cansaron”
Durante la tarde del miércoles 10, el segundo testigo en declarar fue el ex
concejal René Eusebio Bustos quien narró el secuestro sufrido en la madrugada
del 24 de marzo de 1976 tras un allanamiento realizado por personal del
Ejército, la Policía Federal y la provincia. Inicialmente, ocho personas
encapuchadas ingresaron en su domicilio. Bustos resaltó la violencia de los
represores al romper una puerta y meterse en todas las viviendas del terreno en
donde estaban sus hermanos, sus hermanas, su madre y niños. También dijo que
los ocupantes efectuaron tiros con itakas, rompieron las ventanas y terminaron
por entrar a las viviendas.
Según el relato de vecinos del sector, dijo, el operativo contaba con camiones
y efectivos a varias cuadras a la redonda del lugar. Otro allanamiento se
dispuso en la casa de San Lorenzo y Fournier de donde se llevaron al cuñado de
Bustos. Una vez reunidos todos los secuestrados, fueron llevados al sector del
hospital que funcionaba en el Regimiento 181. Bustos fue el primero del grupo
de ser metido en un Falcón y trasladado a “La Escuelita”. Diez minutos después
comenzó lo que consideró “mi calvario de torturas permanentes”.
Las preguntas de los interrogatorios tenían que ver con dónde estaban las armas
de los Montoneros, todo ello sumado a una andanada de torturas de todo tipo.
Otras preguntas también referían al paradero de uno de sus hermanos: “Les
aceptaba que era un militante peronista (por él mismo), que me identificaba con
el grueso grupo pero eso no quería decir que participara o supiera donde
estaban las armas”.
Al segundo día, el testigo es llevado a un sector con camastros de fierros,
separado del área de torturas, a los que es atado y donde se escuchaban voces
de varias personas en su misma situación.
En otros sesiones de tortura, las preguntas seguían siendo por el paradero de
su hermano “y las actividades de mi hermano Raúl, de Rubén y de Ricardo, y en
realidad el que más metido en la política, con el peronismo y con las acciones
de gobierno, era yo”.
En una oportunidad, los represores habían preguntado a Bustos sobre la muerte
del cabo Rojas. Como una maniobra de defensa ante tanta tortura y creyendo que
si se involucraba iban a mermar los tormentos, Bustos les dijo que él “había
estado”. La estrategia no dio resultados ya que “me dieron hasta que se
cansaron…”.
Un día después, es llevado a “hablar con el jefe”. El trayecto fue en auto durante
cinco o diez minutos, transitan por un paso a nivel, le liberan la visión y ve
que sus captores estaban encapuchados. Allí también hubo golpes y culatazos:
“Presumo a través de los años que me estaban investigando y me llevaban a ese
lugar a ver qué reacción tenía”.
En otro “paseo”, Bustos es llevado a un lugar donde había una pileta de
natación en la que fue sumergido hasta perder el conocimiento.
Finalizado ese tramo del calvario, a Bustos lo regresan a “La Escuelita” donde
nuevamente sufre tormentos y torturas hasta que lo pasan a la cárcel de Villa
Floresta.
Antes de ello, fue llevado encapuchado y atado a un galpón en donde le dicen
que le iba a tomar declaración “el secretario”, un civil. Allí personas con
máquinas de escribir fueron registrando las declaraciones.
Más tarde, Bustos, sus hermanos y el ex diputado Mario Medina, también
secuestrado, son llevados a otra oficina en donde se les informa que van a
declarar ante el juez: “Nos pusieron esposas y empezamos la declaración uno a
uno ante el juez (Guillermo) Madueño”.
Bustos señaló que dijo toda la verdad, incluido el tema de un arma que había
sido provista por la Cámara de Diputados a su cuñado para que Bustos tuviera
con qué defenderse debido a que con anterioridad había sufrido un atentado por
parte de la Triple A: “Nunca la toqué porque nunca vinieron a casa, y eso
también lo declaré al juez Madueño”.
Antes de empezar esa declaración, Bustos pidió que le aflojen las esposas ya
que sus manos estaban lastimadas. Madueño hizo una seña a un oficial y éste en
vez de aflojarlas, las apretó aún más: “Pedí un vaso de agua y no dijo que no
pero tampoco me lo dio”.
Finalizada la “declaración”, Bustos y los demás fueron llevados nuevamente a
“La Escuelita”, donde hubo palizas, látigos y fierros calientes hasta que
fueron trasladados, ahora sí, a la unidad de Villa Floresta.
El tiempo de secuestro habría sido de 15 días mientras que en Villa Floresta
permaneció unos seis meses hasta que se lo trasladó hasta el penal de Rawson
donde estuvo hasta agosto de 1980.
Una de las preguntas de la querella fue sobre si las torturas fueron sólo como
método de interrogatorio. Bustos respondió que en los últimos días las torturas
fueron “porque sí” y que hubo sesiones que los represores realizaban para
divertirse.

El secretario del Concejo
El último testigo de la décima audiencia fue Reinaldo Rodolfo Reiner quien
hasta la llegada del Golpe de Estado del 76, se desempeñaba como secretario del
Concejo Deliberante de Bahía Blanca.
Al momento de iniciarse la dictadura, contó Reiner que un oficial de Marina
junto con dos o tres marineros, fueron para hacerse cargo del Concejo. Se hizo
todo un inventario de lo que había, el cual fue entregado en la Municipalidad y
se produjo un entredicho entre Reiner y el oficial ya que éste le pedía la
plata del Concejo a lo cual Reiner respondió que ese organismo no manejaba
dinero.
El oficial se habría retirado disgustado y Reiner, ya en su domicilio, fue
“levantado” alrededor de la 1 de la mañana por “el jefe del regimiento” hacia
donde fue llevado, haciendo referencia a una dependencia militar de calle
Saavedra al 900 donde permaneció hasta después de Semana Santa.
Allí podía, junto a otros detenidos, manejarse con cierta libertad, comentó. Al
momento de narrar el siguiente paso a otra instancia de secuestro Reiner quebró
su voz, hizo un silencio, tomó agua y continuó. Una noche lo llamaron, lo
encapucharon y lo trasladaron en un auto a un lugar el cual cree que se
trataría de “La Escuelita”.
Doce días habría permanecido allí donde lo interrogaron con aplicaciones
eléctricas, cables en la cabeza y le realizaban preguntas ajenas a su
conocimiento.
En “La Escuelita” permaneció esposado a camastros y vendado; le daban comida
dos veces al día, y los llevaban a hacer sus necesidades durante la mañana y la
noche a un patio. Reiner también comentó que le robaron el reloj, el anillo de
casamiento, su encendedor, cigarrillos y la poca plata que tenía. Luego, otra
persona del grupo de secuestradores le fue a robar pero “ya le habían ganado de
mano”.
Según su testimonio, las sesiones de torturas habrían sido tres o cuatro veces
en los distintos días.
Luego, Reiner fue trasladado a la cárcel departamental, le efectuaron una
revisación médica y lo pasaron al calabozo al que calificó de “cinco estrellas”
en relación a lo que había vivido antes.
Recién entre el 22 y 23 de septiembre, Reiner recuperó su libertad.
Sobre su cautiverio en “La Escuelita”, si bien no podía ver nada, relató que
percibía que se trataba de un campo porque se escuchaban perros, vacas,
gallinas y el ruido de un tren que pasaba cerca.
También dijo escuchar lamentos de otras personas y le pareció oír la voz de
Víctor Benamo entre los secuestrados.
Al la vez señaló que diariamente se escuchaba una camioneta con un ruido
característico. Fue luego trasladado a Villa Floresta donde lo hicieron
bañarse, lo revisaron y junto a otro grupo de detenidos fue fotografiado. Esa
imagen fue publicada al otro día en La Nueva Provincia.
Reiner, quien destacó que hasta hoy no sabe por qué fue detenido, habló de las
requisas en la cárcel de Floresta las cuales, calcula, eran compartidas con el
Ejército, debido a las formas de actuar. Entraban al calabozo, tiraban la
yerba, el azúcar y hasta propinaban algunos pisotones.
Luego de la declaración de Reiner, se dio por finalizada la audiencia para
pasar a cuarto intermedio hasta el próximo miércoles 24 de agosto.



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2011-08-15 14:11:00
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