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Proyecto repasadores
Colgados en el barral del horno, doblados o estirados, los repasadores descansan después de arduas tareas de limpieza. Ahora nos ayudan a pensar la historia nacional y local.
Categoría: Cultura

Colgados en el barral del horno, doblados
o estirados, los repasadores descansan después de arduas tareas de limpieza,
donde la cotidianeidad de la cocina exige repasar recorridos mayores en
relación con las importaciones, los cambios industriales y textiles, las
historias familiares y de los inmigrantes, también el cambio de las prácticas
dentro y fuera de los hogares. La propuesta es pensar la historia nacional y
local a través de un objeto habitual.

¿Cómo nace esta idea de un nuevo conocer? “Es difícil decirlo, de muchos
lugares, en realidad. Un día encontré este repasador hecho con una bolsa de
Loma Negra, al que se le agregaron pedazos de tela de colores, estaba en mi
casa”, cuenta Lucía Bianco, encargada de llevar adelante el proyecto. También
hace su aporte Armando Russo, un colaborador de la institución que “enseguida
sacó de un cajón un montón de repasadores de Portugal, recuerdo de su patria,
mientras nos contaba de la geografía de su país de origen usaba el repasador
como mapa para indicarnos los lugares, así supimos que el proyecto podría
resultar productivo”.

En la tibia cocina
En este espacio de la casa y, especialmente en esta institución, se apela a
la emotividad porque “sin comida no hay historia: para que el puerto sostenga a
diario el procesado y exportación de productos cerealeros es necesario que
operarios de Cargill se acerquen a almorzar al comedor de Stella Maris o al
kiosco en la entrada del puerto y recuperen energías después de horas de trabajo.
Alguien tiene que dedicarse a preparar esa comida, y según la cocinera whitense
“Chacha” Marino sin repasador no se
puede cocinar
. O sea, sin repasador no hay historia” son los fundamentos
de estas tareas de pensar y de hacer.
¿Qué piensan de esta herramienta las cocineras de White, Saladero, Boulevar,
Cerri y diferentes barrios de Bahía Blanca? Elcira Pecoiaro cuenta que “me lo bordó Chacha cuando me casé. Antes era así, juntabas
repasadores antes de casarte”, refiriéndose a un repasador bien logrado por su
actual compañera en la Asociación Amigos del Museo. Mientras para Margarita
Marzocca asegura “para mí el repasador es una herramienta de trabajo. Siempre
lo llevo colgado de la cintura cuando doy clase”
en el curso de
Panadería del Centro de Formación Profesional N° 401.

La historia artesanal
Y la cocina contiene sus propias historias, como es el caso de Flora Rossi,
cocinera del Barrio Noroeste que se hizo presente junto a Mónica Villagrán,
ambas feriantes microemprendedoras de Cáritas y la Municipalidad. Cuenta que su
abuelo Armando, calificador en un galpón de «Frutas Salud», también era
seguidor de carreras automovilísticas. En una ocasión viajó a Mendoza a ver el
Turismo Carretera. En el lugar se vendían repasadores con el recorrido de las
rutas y caminos. “Tuvo la oportunidad de tener a Fangio muy cerca, ¡y no tenía dónde firmar! Le dijo: ‘¡Tomá!’ Y le firmó el repasador”. Por
herencia familiar, Flora se quedó con él, lo usó para cocinar y tapar sus
tortas, lo lavó varias veces con lavandina, sin notar el hallazgo de la firma,
hasta que una tía le contó la anécdota. El autógrafo ya no existía.
Los avances industriales se perciben en este ámbito, principalmente, en la
industria textil vinculada a las importaciones de productos. Una curiosidad que
se logró descubrir fue que la mayoría de los repasadores son de origen
brasilero, gracias a la participación de Raquel Carvalho, de la Representación
Brasil, grupo de inmigrantes del país vecino que difunden aspectos de la propia
cultura desde 2008. “Muchos de los que
compré acá, miré las etiquetas y vi que eran de Brasil. Fabricados por las
mismas marcas que fabrican ropa de cama, toallas”,
cuenta la docente de
idiomas. El repasador que estaba en manos de Pamela Gonzáles -al mejor estilo
agarradera- servía para revolver con destreza la olla del chocolate, en la
etiqueta anunciaba industria brasilera. En épocas de regulación de
importaciones y aplicación de licencias no automáticas, quedaron incluidos estos
compañeros de la limpieza y orden.

Para muestra basta un repasador
Hace 50 o 60 años se confeccionaban, se bordaban junto a manteles y juegos
de sábanas, eran preparados por la novia para ser usados en la vida
matrimonial. Hoy en día, su comercialización masiva en supermercados e
hipermercados a precios accesibles permite el uso de varios elementos al mismo
tiempo, asignarle diversidad de funciones según materiales y texturas -como
asideros o posapavas- para lo que están constituidos con fibras sintéticas de
origen petroquímico de fácil lavado, privilegiándose los de toalla para el
secado de utensilios. Aunque estos últimos requieren remojo en agua caliente
con algunas gotas de lavandina, que garanticen su higiene absoluta.
“Podríamos clasificar a los repasadores en dos grandes grupos: los que se usan
y los que son guardados”, agrega Bianco. Ese universo de repasadores con valor
familiar como el de Mónica Ortega, que lo guardó durante 25 años porque forma parte
del recuerdo de su viaje al Balneario Reta y fue regalo de la hermana de su
suegra. También son la representación de la amistad, entre Graciela Arcuri y
Ofelia Guallan, quien se lo bordó y regaló.
Los cambios industriales, la incorporación de la mujer al mundo laboral, un
mundo globalizado en lo cultural y comercial han modificado la cotidianeidad de
la cocina y de sus materiales. Emilia Paynefil de Sánchez vivía en la zona
rural de Gobernador Costa en Chubut y confeccionó un repasador con una bolsa de
yerba “Burrito”, logrando hacerle terminaciones con crochet. Un negocio de
ramos generales, un puerto, un mundo pensado y producido a granel. Al Museo, lo
acercó Lorena Magallanes, sobrina nieta de Emilia, cocinera y repostera en
Villa Rosas.
Es imposible definir repasador sin preguntar para qué se usa. La
respuesta de cocineras, trabajadores y vecinos de White es múltiple: secador de
platos, agarradera, apoya vajilla recién lavada, limpia mesa, apoya pava, mata
moscas, apoya fuente, cubre torta, servilleta, cubre masa para el levado,
recuerdo de un ser querido, decorado, espanta niños, calendario, baja fiebre,
regalo, pañuelo para bailar zamba o mapa” son algunas de las conclusiones de
esta primera etapa del proyecto.

La intimidad revelada
Hay historias abiertas, que impulsan la curiosidad y revelan relaciones
desconocidas. Una de las telas más comunes para confeccionar repasadores era el
cotín, la tarea de bordarlos en la localidad portuaria era de Nelly Vignoni.
Los colchones de lana solían ser forrados con este género, curiosamente, el
marido de Nelly era colchonero, quien se encargaba de airearlos, rellenarlos y
ahuecarlos para que recuperen su forma y funcionalidad. Otro aporte que la
gente del Museo del Puerto quiere rescatar es el de una vecina que acercó una
decena de repasadores almanaques, coleccionados a lo largo de muchos años.
Relatos que surgen a la orilla de un arrollado, una torta de durazno o de
guayaba, mediante un objeto no valorado desde lo histórico tradicional, pero
que recobra significados en una institución pública y comunitaria para
articular el mundo de la vida cotidiana y el mundo de la producción.

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2011-08-15 14:13:00
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