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La maldición de la flor dorada
Categoría: Cine

Título original: Man cheng jin dai huang jin jia
Dirección: Zhang Yimou
Guión
: Zhang Yimou, Wu Nan y Bian Zhihong; a partir de la obra de Cao Yu
Fotografía: Xiaoding Zhao
Música: Shigeru Umebayashi
Origen: China – 2006
Calificación: Sólo apta para mayores de 13 años
Intérpretes: Chow Yun Fat, Gong Li, Jay Chou, Liu Ye, Chen Jin, Ni Dahong, Li Man, Qin Junjie

El director chino Zhang Yimou en los últimos años alterna films pequeños y casi intimistas como Ni uno menos (1999), con superproducciones de gran espectacularidad. La maldición de la flor dorada -“Cuando las armaduras doradas cubrieron toda la ciudad” en el original- pertenece a este segundo grupo, al igual que Héroe (2003) y La casa de las dagas voladoras (2004), combinando relato trágico con artes marciales. Tomando el argumento de una pieza teatral de los años 30, que mostraba las costumbres disolutas de una familia industrial, y trasladándolo a la corte imperial del siglo X.
El poderoso e implacable emperador Ping (Chow Yun Fat) se prepara para celebrar el Festival del Crisantemo, un suntuoso ritual, con que reafirma periódicamente su poder. Pero detrás de la belleza del palacio engalanado con millones de flores amarillas, se esconde un clima enrarecido.
La emperatriz (Gong Li), consciente de que su marido no la amó nunca y la usó para acceder al trono, ha buscado consuelo en los brazos de su hijastro, el príncipe Wan (Liu Ye). Una relación, que pondrá en peligro su vida, la de sus hijos y la de todo el Imperio.
Una trama que mezcla traiciones, incestos, celos, al estilo de la tragedia clásica; con el agregado de las luchas de poder, ya que las disputas de la familia imperial, terminan involucrando a ejércitos enteros que derramarán su sangre al servicio de cada contendiente.
Estructuralmente, el film se divide en dos. Con una primera mitad donde se presentan los personajes y relaciones en el ámbito palaciego, que es la más lograda desde el punto de vista narrativo. Y la más interesante -por su exotismo- ya que se pueden ver la rigurosa etiqueta real en su marco de lujo, exquisitamente reproducido e iluminado. Y una segunda mitad, más artificiosa e inverosímil para el espectador occidental que no se entregue a la atmósfera legendaria -y por tanto hiperbólica- del relato, donde se desarrolla una bella, coreografiada al milímetro y algo extensa, lucha sin cuartel.
Un muy atractivo trabajo de Zhang Yimou, que sin conseguir -¿o buscar?- las profundidades dramáticas de sus primeros films, sigue siendo uno de los más representativos realizadores de su país, mantiene su impactante estilo pictórico y desliza su pequeña denuncia a la corrupción del poder.

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2007-09-08 00:00:00
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