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El frío infierno
El documental La cárcel del fin del mundo recupera la dolorosa memoria del Penal de Ushuaia.
Categoría: Cine

El documental La cárcel del fin del mundo
recupera la dolorosa memoria del Penal de Ushuaia.

El título parafrasea el de la famosa novela de Julio Verne, aunque el objetivo
de los fundadores del penal así bautizado tenía poco de literario: encerrar a
criminales peligrosos, reincidentes o presos políticos lo más lejos posible de
centros poblados y que el clima glacial de Tierra del Fuego minimizara la
voluntad o el éxito de posibles de fugas. Aunque, también enfermaba a los presos
gravemente -consunción y tuberculosis estaban a la orden-, los mataba antes de
cumplir su condena o los orillaba al suicidio.
En contraste -algo que el film consigue reflejar- con el paisaje
abrumadoramente bello con montañas brumosas, bosques oscuros, cursos de agua
rumorosos y la blancura de la nieve durante gran parte del año, que atrae a
turistas que cierran el circulo visitando las instalaciones de la vieja cárcel.
De hecho, la directora Lucia Vasallo hizo el inevitable tour durante el verano
2007/ 2008 y fue captada por el tema y la sorpresa de que nunca se le dedicara
un film. Porque La Fuga (2001) de
Eduardo Mignogna se basaba vagamente en un incidente sucedido en el penal, pero
la mayor parte se rodó en locaciones cercanas a capital y El viaje (1992) de Pino Solanas unas pocas escenas.
Inmediatamente se puso a investigar y a escribir el guión que ganó un premio
del INCAA en 2010 y le permitió rodar en la primavera de 2012, la post produjo durante
2013 hasta que estrenó finalmente su opera prima en noviembre de ese año en el
Festival de Mar del Plata.
Porque quienes hacen cine independiente compensan el poco presupuesto dedicando
más tiempo, aunque en sus palabras: “Lo más importante es sostener el deseo a
través del tiempo y es difícil que un tema te interese hoy y te interese seis
años después.”
Vasallo percibió en los habitantes de Ushuaia cierta reticencia a admitir que
la ciudad nació alrededor de una pequeña colonia penitenciaria. Los grandes
edificios que subsisten hasta el presente comenzaron a construirse en 1902 con
piedras laboriosamente extraídas por presos engrillados y de riguroso uniforme rayado,
se fundó en 1904 y se hizo famosa por cruel e inexpugnable hasta que en 1947 se
la cerró -en los papeles al menos- y cedió a la Armada Argentina.
En el presente la mayor parte de las instalaciones tiene otros usos, pero la
planta de las celdas sigue vacía -visiblemente deteriorada por los vientos
sureños- y su aspecto hace creíble las historias lúgubres que se cuentan a los
turistas y las dramatizaciones de grupos de teatro locales como la que muestra
una de las primeras escenas del film.
Un ambiente casi gótico, a pesar del dolor, el olvido -la dificultad de las
comunicaciones era un castigo extra- y la crueldad real que encerraron esas
paredes.
La estructura del documental está a medio camino entre el clásico -con
entrevistas a hijos de antiguos guardias o personal civil de la institución que
conservan vagos recuerdos de lo que hablaban sus mayores, artistas,
historiadores, pobladores interesados, material de archivo y voz en off conductora
del relato leyendo los pocos documentos y cartas que sobrevivieron a traslados
y accidentes- y el documental de observación, donde apenas se interviene y se
deja que “la cámara hable”. Y lo hace sobre el final, cuando la yuxtaposición
de imágenes pasadas e imágenes muestran una perturbadora continuidad en ciertos
rituales sociales.
Sin que falte el repaso a la lista de “huéspedes” míticos: el asesino serial
apodado “El petiso orejudo”; el militante anarquista Simón Radowitzky -uno de
los pocos indultados después de dos décadas encierro-, aunque son más
conmovedores las miradas en las fotos desvaídas. Rostros con número en lugar de
nombre, pero cuyo trabajo diario dio durante décadas electricidad, agua, pan a
la comunidad extramuros.
Un tema atrapante, reflejado con buena factura técnica, con el hallazgo de un tango
compuesto por uno de los confinados recuperado por el músico Axel Krygier y un
final con un uso muy Sorin de las viejas casacas rayadas.
Este tipo de largometrajes no se exhibe en salas comerciales, pero afortunadamente
son difundidos por ciclos como “No solo en cines”, con el apoyo de los los
organizadores del Festival Latinoamericano de Cine Independiente de Bahía
Blanca -FECILBBA- , Vorterix Bahía y la Cooperativa Obrera.
Una única cita el jueves 12 de marzo en el salón de Zelarrayán 560, con buena
cantidad de público que no se arredró por la amenaza de tormenta y fue
recompensado con la posibilidad de conocer y formularle preguntas a la
directora.
Lo que permitió saber que ya está reescribiendo el guión de un próximo documental
-a pesar de que no suelen dar ganancias y apenas recuperan su presupuesto si
tienen la suerte de ser estrenados en televisión- dedicado a los santuarios populares
argentinos.

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2015-03-25 00:00:00
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