PARA VER Y CONSIDERAR Cine

Fecha: Miércoles, 30 Septiembre, 2020 - 00:00

En el lado soleado

Porque algunas veces el cine se viste de primavera o viceversa.

Desde un punto de vista comercial, la llegada de la primavera no beneficia demasiado al cine, porque el buen clima le resta muchos espectadores que prefieren estar afuera de las salas oscuras o era así hasta que la pandemia las cerrara por tiempo indeterminado.
Del lado de la temática la cosa es diferente y va por dos caminos principales: el ilustrativo con las flores abriendo y las mariposas volando en primer plano en los documentales con música de Vivaldi y las ficciones que alegóricamente se centran en el amor juvenil, al estilo de Fiebre de primavera (Enrique Carreras; 1965) y tantas comedias canoras argentinas con picnic de Día del Estudiante incluido.
Pero habría una tercera vía menos transitada, la de aquellas tramas que -parafraseando al standard de jazz- están en el lado soleado de la calle y dejan una cálida levedad en el espíritu de quien las ve.
La percepción de una obra de arte es personal y los títulos en esa categoría variarían según el espectador, pero hay algunos en los que seguramente coincidiría la mayoría, como Cuento de primavera (Eric Rohmer; 1990), sobre los enredos amables - con su pequeña dosis de misterio y lagrimitas - de un par de amigas un fin de semana en el campo, que a la sombra de unos cerezos florecidos inaugura la famosa tetralogía “Cuentos de las cuatro estaciones” de su director.
El jardín secreto (Agnieszka Holland; 1993), hasta el momento la mejor versión del clásico infantil escrito por Frances Hodgson Burnett, sobre una huerfanita que debe mudarse al triste caserón de su tío siempre ausente y su primito siempre enfermo, pero encuentra el modo de recuperar la alegría e incluye como yapa un secundario de Maggie Smith.
Minuscule: El valle de las hormigas (Hélène Giraud, Thomas Szabo; 2013), una coproducción franco-belga, que mezcla bichitos animados y ambientes naturales en pequeñas aventuras capaces de producir sonrisas y risas en los niños de verdad y los de corazón.
Amelie (Jean-Pierre Jeunet; 2001), la comedia francesa que quizás sea el epitome de las tramas leves y primaverales y también del estilo fantasioso y saturado de color de su director; donde la protagonista -rol consagratorio de Audrey Tautou- es tímida, pero eso no le impide ejercer su particular sentido de la justicia y convertirse en la anónima heroína de su padre y sus allegados, lo que la meterá en unos cuantos líos pero también le reservará una recompensa.
Y Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase; 2015), dramedia en toda regla y probablemente el film más accesible y sentimental de su directora, cuyo protagonista es un pastelero que apenas sobrevive con lo que gana en su puesto de doriyakis. Hasta que la anciana Tokue le compra uno y se ofrece a enseñarle cómo hacer la mejor versión de esa tradicional tortita de poroto dulce, comenzando una sociedad rara que se vuelve un éxito gastronómico y alivia la soledad de ambos.
Todo ubicable online y a salvo de nubarrones.

Autor: Redacción EcoDias