Juicio a los represores Derechos Humanos

Fecha: Lunes, 7 Noviembre, 2011 - 19:04

Los muchachos de ENET Nº 1

Las palabras nombran las cosas, hilvanadas pueden armar historias, contar hechos, con ellas se puede calificar, clarificar. Las palabras cuentan, narran y quien narra se da, se entrega, en lo que va narrando. Así son las palabras, llaman, nombran y a la vez entregan.
¿Qué ocurre cuando lo que se tiene que poner en palabras es innombrable? Cuando hay que poner en palabras el terror propio y de otras personas, el dolor físico, la tortura, la inhumanidad.
Ahí las palabras no alcanzan a nombrar el todo, pero ayudan.

Dieciséis años tenía Gustavo López cuando fue secuestrado de su casa. Pasó cerca de un mes desaparecido. “Atado y en un estado de confusión y estrés muy grande, a cada momento se nos decía que nos iban a matar o esperando que se reanuden las torturas”.
López declaró durante la semana pasada en el juicio por delitos de Lesa Humanidad y logró a través de su testimonio reconstruir los hechos de los que fue víctima.

De una escuela a La Escuelita
Gustavo se cantaba las canciones que conocía, se repetía los poemas que sabía de memoria, creando un “mundo interno donde me refugiaba” y recuperar así “algo de la humanidad en ese lugar de locura, muerte e inhumanidad”.
“Ese lugar” era el centro clandestino de detención y tortura La Escuelita, que funcionaba en terrenos del Comando del V Cuerpo de Ejército en la última dictadura argentina. Allí fue llevado junto a otros compañeros de la escuela ENET Nº 1, todos jóvenes y adolescentes.
Recordó que “el 21 de diciembre de 1976 a las 2 de la mañana me despertaron tres hombres en mi casa (Las Heras 958), en mi cama; me golpearon, me cambiaron, me preguntaron si yo era Gustavo López, y me introdujeron en un auto”. De ahí salieron y llegaron a la Escuelita.
A los golpes, siempre, lo vendaron y lo dejaron atado con una soga las manos a la espalda un día y medio. Después de ese tiempo le mostraron a un compañero y luego “me hicieron quitar la ropa, me ataron al elástico de una cama y me golpearon muchísimo. Me aplicaron electrodos en la sienes, en todo el cuerpo, los testículos, por momentos perdí conciencia”.
Después de la tortura con golpes y picana, lo llevaron a otra habitación y ahí quedó atado junto a otras personas. Prohibido estaba hablar y prohibido ver, cada tanto recibían golpes y palizas, “nunca entendíamos bien por qué”.
Ya en un segundo interrogatorio y tortura le preguntaban por un atentado a una concesionaria de autos que bajo tortura accedió a decir que había tenido participación.

Peor que animales
Recordó Gustavo López el calor insoportable, los insectos y los sobrenombres de quienes eran guardias en el Centro Clandestino: Zorzal, El tío, El abuelo, El laucha. Mencionaba a uno en especial que se hacía llamar Pocho, que le hablaba distinto y que trataba de generar un vínculo, que le regaló una golosina y un cigarrillo.
“Sentía que había perdido la condición de humanidad, que era alguien a disposición del capricho y no sabía qué estaba pasando; una irrealidad, un sueño”
Dice haber aprendido en esas condiciones la dimensión del dolor y que hasta ese momento nunca pensó “que las personas podían ejercer ese grado de abyección de horror”, “había un odio latente y presente, y nos trataban mucho peor que animales”.
Otras personas que compartieron el cautiverio junto a él fueron sus compañeros de escuela y un profesor, mencionó -entre otras- a “una mujer embarazada” que supo estaba con pérdidas y que cerca del 15 o 18 de enero se la llevaron y no supo más de ella.
Después vino el momento de una liberación montada, y la detención, ahora en el Comando del V Cuerpo. De la Escuelita los liberan atrás del cementerio bahiense, alejándose los secuestradores pegando tiros. No pasan muchos minutos hasta que aparece un camión del Ejército y les dice algo así como “muchachos dónde estaban, los andábamos buscando” y terminaron detenidos nuevamente en el Comando donde sospechosamente los esperaban seis camas, con seis juegos de ropa, con seis toallas; todo seis, la cantidad justa que eran ellos.
Los seis estaban muy lastimados, y allí estuvieron reponiéndose hasta que un día los liberaron, previa firma de alguna declaración. De lejos por la ventana, Gustavo Lopez veía a su padre a quince metros, fue su padre el único al que le avisaron. Él los buscó en el V Cuerpo. Los subió en el auto a los seis y los dejó a cada uno en su casa.
El secuestro, la tortura, los hechos que narró Gustavo frente al Tribunal y la sala de audiencias, dejaron huellas en su cuerpo: sus dedos, sus muñecas y sus sienes llevan los rastros que lo acompañarán toda la vida. Y para eso no hay muchas más palabras.
 
Santa Iglesia
Sus padres hicieron numerosas acciones para conocer su paradero, entre ellas visitar a monseñor Jorge Mayer para pedirle ayuda, el cura se mostró “serio, receloso y lo único que les dijo fue que ‘si sus hijos tienen alguna vinculación política, no los busquen porque estarán muertos’, se dio vuelta y se fue”, comentó Lopez del obispo, uno de los tantos que se murió sin que se pudiera declarar ante la justicia de los hombres.
Siguiendo por el lado de la Iglesia Católica, menciona Gustavo Lopez la presencia del cura Aldo Vara en el V Cuerpo: “El padre Vara fue dos veces a visitarnos, y en la segunda nos llevó cigarrillos y galletitas”. Serio y duro, escuchó los relatos de la detención y tortura. Nada dijo. Sólo “nos aconsejó que seamos buenos, que sigamos los consejos de nuestros padres, que no vayamos por el sendero descarriado”. “Le pedimos que hable con nuestros padres para que supieran dónde estábamos. Fue algo que nunca hizo”.
 
Cosas de madre
Ella tenía un dato: había un lugar en el Batallón del V Cuerpo de Ejército donde los tenían detenidos. Preparó el paquete y se fue. Era el 28 de diciembre y su hijo, Gustavo, cumplía años. Hasta allá llegó con la torta de cumpleaños.
La sacaron a los tiros.

Recuerdo imborrable
En 1976 José María Petersen estudiaba en la ENET N° 1 cuando el 10 de diciembre cuatro o cinco hombres de civil tocan el timbre de su casa y se lo llevan secuestrado.
En la audiencia del miércoles 2 de noviembre, Petersen declaró que fue llevado a La Escuelita donde lo interrogan por un amigo para ver “dónde estaban las armas”. Entre los tormentos sufridos, Petersen fue desnudado y tirado a una cama a la que lo atan, lo torturan, lo golpean y hasta lo hacen morder por un perro. Las preguntas eran sobre un depósito de armas y lo acusaban de un atentado a la agencia Ford de calle Donado.
Entre los secuestrados dijo que había varios chicos de la Industrial y que llegó a hablar unas palabras con un profesor del colegio, de apellido Villalba
Una noche se produjo una falsa liberación ya que lo dejaron en el cementerio pero enseguida apareció un vehículo con personal del Ejército que decía que hacía tiempo que los buscaban y que los estaban rescatando: “Era todo una farsa”.
Luego de 23 días finalmente Petersen recuperó su libertad. Aún hoy conserva marcas físicas de las torturas sufridas: “El recuerdo de esto es imborrable, después de 35 años creo que se va a hacer justicia”.

Del Río
Otros testimonios recabados durante el juicio fueron por el caso del asesinato de Ricardo Gabriel Del Río, quien en 1976 estudiaba Ingeniería Eléctrica en Bahía Blanca. Ese año, su hermana Mabel, declaró ante el tribunal, vivía en Tandil y en el mes de agosto la familia se entera por un telegrama sin firma ni remitente que Ricardo estaba enfermo. Sus padres vinieron a Bahía y al regresar a Tandil, Mabel recordó a “mi madre diciendo que ya no los íbamos a ver más”. Luego un tío de Tres Arroyos vino a averiguar sobre él y le dijeron que estaba en el V Cuerpo. Sus padres fueron hasta allí y les mostraron unos libros donde decía que Ricardo ya estaba en libertad.
Sin embargo, el 6 de diciembre la radio informó que había sido muerto en un enfrentamiento. Tenía 25 años.
María Rosa Toncovih conoció en 1974 a Del Río, militante como ella de la Juventud Universitaria Peronista: “Tenía la humildad de los grandes, de las personas que saben, de los valientes, por eso no lo dejaron vivir”, rescató sobre el “Pelado”, tal como lo apodaban.
A partir de una serie de allanamientos, María Rosa se traslada a Viedma por su seguridad pese a que allí también continuó vigilada.
Luego de relatar todas las peripecias sufridas y las pérdidas de compañeros de militancia y de familiares, María Rosa señaló que hace 21 años ingresó a un organismo de Derechos Humanos de Tandil y, buscando fotos se encontró con la de Del Río, de quien no sabía qué había pasado. Luego se entera que había sido secuestrado junto a una persona de nombre Carlos en un operativo y que había estado en La Escuelita: “Los 30 mil compañeros desaparecidos están y estarán presentes, la lucha no fue en vano, hasta el final bregaremos por verdad y justicia”, destacó María Rosa quien concluyó con el clásico: “30 mil compañeros desaparecidos, presentes ahora y siempre”.


Autor: Redacción EcoDias