Opinión

Fecha: Lunes, 23 Septiembre, 2019 - 00:00

Flecha al cielo

Hay una carta en la que un soldado se despide de su empleado tipógrafo a quien quiso como a un hijo. ¡Cuánto se parecen a mis sentimientos y los de Cristina!

La transcribo porque así lo siento:

Autor: Saúl Gidekel, editado en Buenos Aires, año 1953.

“Mi querido David -escribía Velvel-. Heme aquí, vestido de soldado, movilizado para la guerra contra el Japón. Nuestro padrecito el Zar me ha revisado, ha visto mis ojos miopes, mi pecho estrecho, mis pies planos y se ha dignado palmearme bondadosamente en las espaldas: sirves para mí -me dijo- estás muy bien. Y ahora, hazme el favor, cálzate estas botas, ponte este uniforme, toma aquel fusil con su bayoneta y ve y mátame unos cuantos japoneses y conquístame Port Arthur. ¡Lo necesito para mis barcos!

Cuando lo miré bien, lo reconocí enseguida. Era el mismo Zar que ordenaba matar a mis hermanos, para “desviar” la revolución interna. El mismo Zar que “paternalmente” se ocupaba de indicar las ciudades donde yo podía vivir y aquellas otras -¡tantas!- donde no podría residir jamás. El mismo Zar que había hecho estas meticulosamente detalladas de las profesiones que podría ejercer y aquellas a las que nunca podría aspirar. El que indicaba el pequeñísimo porcentaje de los míos que podía concurrir a las escuelas y universidades. ¡Pobre mi Zar!

Con tantas otras preocupaciones, con tantos otros trabajos, jamás dejó un instante de pensar en mí…

Y de tanto pensar llego a una digna conclusión: Es cierto que no sirvo para vivir por él, pero para morir por él… Oh, ¡para eso sirvo bien! Que esto te sirva de lección, David. ¡Nunca dudes de la magnanimidad de los Zares!

Y ahora, a otra cosa. He tenido que vender la imprenta para pagar mis deudas más perentorias. Las otras las pagaré cuando Dios me lo permita. Su nuevo dueño la traslada a Kremenchug. Tú no podrás ir con él porque tiene tres hijos que lo ayudarán. Lo lamento en el alma. Pero te dejo adjunta una carta de presentación para un pariente lejano mío que tiene una gran imprenta en Odessa. Es casi seguro que te tomará. Ya eres un tipógrafo hábil y tu trabajo es bueno. Nuestros libros, o mejor dicho, “tus libros”, se los he mandado al librero M. de Jersón. El importe de mi mitad va para pagar una deuda, el de la tuya te la irá enviando a medida que los venda. Es hombre honrado. Reb no te entregará los 18 rubros que te dejo. Constituyen mi única fortuna. Es un número de suerte. En hebreo significa: “Jai: vida”. Ojalá que la vida nos junte de nuevo. Y ahora, querido David, ¡un gran abrazo! Has sido para mí un compañero singular. Un poco hijo, un poco hermano, un poco maestro. Si algo te he enseñado, mucho más he aprendido de ti. Y no me cuesta decirlo…Lo que me cuesta es separarme de ti…

¡Adiós querido!...¡No me olvides!...

Tu Vevel”.

Autor: Aron Berstein