FerroWhite Cultura

Fecha: Sábado, 1 Septiembre, 2007 - 00:00

El tren obrero vuelve a correr

Hace exactamente 150 años, el 29 de agosto de 1857, una locomotora utilizada en la guerra de Crimea y bautizada con el nombre “La Porteña”, cumplió el primer viaje ferroviario de Argentina, uniendo la Estación Parque (donde hoy está el Teatro Colón) con la Estación Floresta, 10 kilómetros al oeste de Buenos Aires.  En recuerdo de aquel viaje, y de otros cientos de miles de trayectos anónimos realizados desde entonces, La Fraternidad y Ferrowhite invitan a un viaje en tren que volverá a unir Bahía Blanca con Ingeniero White, repitiendo el recorrido que durante décadas hizo el llamado tren obrero, que transportaba a quienes iban a buscar trabajo al puerto. Ante esta efeméride nos preguntamos qué recordamos y con quiénes. La propuesta de Ferrowhite es recorrer los museos que cientos de ferroviarios tienen en sus casas.

En Ingeniero White hay cientos de museos ferroviarios. Osvaldo Ceci tiene uno, debajo de su cama. Allí hay guardados, en cajas, volantes, boletines, carpetas con cartas de reclamo acumulados durante más de treinta años de lucha sindical. Y allí acude Osvaldo cuando tiene que explicarnos el Plan Larkin, las huelgas del ''58 y el ''61. Osvaldo era jefe en el galpón de locomotoras de Ingeniero White. Una sola frase, en su voz potente, vuelve todos esos papeles documentos de candente actualidad: “Aún no está escrito que no se pueda ganar”. El museo de Mario Mendiondo, soldador, está en otro lado. Mario va caminando todos los domingos después de almorzar al cementerio, 20 cuadras a pie, y recorre puntualmente todas las tumbas de sus conocidos y amigos ferroviarios. Son más de doscientos. La historia del ferrocarril que Mario cuenta varía seguramente con cada itinerario elegido. En cualquier caso lo que importa es el propio movimiento, mantener ágiles las piernas y la cabeza. Ya nos invitó a acompañarlo una de estas tardes. El museo de Pietro Morelli, carpintero del galpón, comienza (o termina) con una placa radiográfica: “este es mi corazón”, y continúa con los pedazos de quebracho que conserva en el taller que construyó en su casa. El esfuerzo tremendo de trabajar maderas duras agrandó su corazón, “usted tiene el corazón de un deportista, me dijo el doctor”. Aunque el recorrido incluye también una guitarra de sonido dulce: “Yo quise ser carpintero porque quería hacerme una guitarra, para poder cantar”. Lo que para Pietro importa no olvidar es que no hay guitarra, ni cantor, sin proceso de fabricación, sin herramientas y un cuerpo que trabaje la madera
Cada museo personal es un modo de conservar o recuperar el pasado y un modo de utilizarlo, de actualizar ese pasado en el presente.
“3951 Jilguero;  3952 Tordo; 3953 Churrinche; 3954 Chajá; 3955 Chorlito;  3956 Ruiseñor; 3957 Charrúa; 3958 Picaflor; 3959 Golondrina; 3960 Ñandú; 3961 Mirlo; 3962 Cóndor; 3963 Águila; 3964 Flamenco; 3965 Martineta; 3966 Cardenal; 3967 Calandria; 3968 Gaviota; 3969 Zorzal; 3970 Garza.”
Lo anterior no es la cita de un poema experimental, es una lista de nombres de locomotoras a vapor en la voz de Pedro Caballero, ferroviario de memoria prodigiosa. Pedro llega al museo en bicicleta, dona las más variadas revistas, innumerables herramientas del galpón que ha guardado muchos años en el patio de su casa, y habla con nosotros. Horas y horas. Pedro no sólo recita los nombres de las “vaporeras” que dejaron de circular en los ''70, también el de los ministros desde el primer gobierno de Perón hasta el presente, el de los intendentes de Bahía Blanca desde el ''45 hasta el presente, y el de los compañeros fallecidos en los últimos años tanto del galpón de locomotoras como del taller Maldonado (“...todos los que se murieron, los voy llevando en un cuadernito”). Pedro cultiva un proliferante “lirismo de archivo” (suponiendo que algo así pueda existir), un placer por enhebrar palabras y objetos en catálogos orales ritmados (¿alguien recuerda el recuento de las naves aqueas en la Ilíada?). Todos admiramos su memoria y su velocidad para engarzar un nombre tras otro sin aparente esfuerzo. A Pedro lo apasiona la historia, y lo demuestra de ese modo, espectacularmente, agregando como en una coda: yo me acuerdo de todo, y hasta él mismo se asombra al decirlo. Pero la memoria de Pedro Caballero luce, más que en esos listados (que si por un lado ordenan y conservan datos, por el otro borran particularidades) en el fechado preciso de acontecimientos de todo tipo (práctica más extravagante, y en principio, inútil.
La costumbre de Pedro de recordar con precisión y no dejar detalle fuera tiene, al parecer, dos movimientos: comienza por fechar lo extraordinario (el choque de una locomotora con un auto que traía dos ministros, día y hora exactos) y continúa en el deseo de volver extraordinario todo lo que fecha (la última vez que viajó a Buenos Aires hace un mes, hora exacta de partida y llegada, temperatura y cantidad aproximada de kilómetros recorridos a pie desde Constitución hasta el Monumental de Nuñez). Desde su pasión desbordante por la historia, alimentada por revistas semanales y enciclopedias, Pedro desemboca en la poesía. Y esa pretensión que parece inocente (recordar todo y, para hacerlo, singularizar todo) es profundamente subversiva, es la voz del que no deja que la historia se vuelva una sucesión de acontecimientos que se encadenan “naturalmente”. ¿Quién es capaz de acarrear cuatro tornillos y una llave inglesa de fabricación industrial y donarlos al museo diciendo “esto es histórico”? Pedro Caballero ¿A quién le importa que no se olvide el nombre de todos los ferroviarios que trabajaron en el galpón de locomotoras? a Pedro Caballero. Porque el reverso de las series que se recitan es la extrema precisión que singulariza. En vez de mil doscientos ferroviarios: Aliaga, Alonso, Marcaccio, Zamattaro, y así... No es que la memoria de Pedro trabaje desde el absurdo, todo lo contrario, se apoya en algo semejante a lo que Duchamp consideraba lo “infradelgado”, que es aquello que en un mundo que masifica y produce objetos en serie hace de cada cosa algo único e irrepetible. Lo “infradelgado” no es un atributo de las cosas aisladas, es producto de una relación. ¿Y no es acaso necesario contemplar miles de razones económicas, tecnológicas, políticas, climáticas, psicológicas, azarosas, etc, para que se produzca ese acontecimiento único que es su llegada a Buenos Aires y su caminata hasta la cancha de River? ¿No es eso algo digno de asombro? Pedro recorre el ruido de la historia, lo que ya no se escucha, y de ahí trae objetos, nombres, historias. Y cada cosa que trae plantea la pregunta ¿qué recordamos? ¿qué olvidamos? Por eso no debería sorprender que tras el vozarrón épico de Osvaldo Ceci repasando treinta años de lucha ferroviaria, asome la voz de Pedro Caballero contando la vez que en el andén lleno de ferroviarios un gorrión se paró en la cabeza del legendario Zamattaro, y todos se quedaron un instante inmóviles y en silencio, “a las dos de la tarde”. Tras el haiku ferroviario, el dato preciso. Porque lo que el acontecimiento tiene de irrepetible e irreductible al sentido, también lo tiene de datable: no fue a la mañana, no fue a la noche, no fue en el campo; fue en el andén, a las dos de la tarde, el momento exacto en que tantas variables confluyeron para que suceda lo extraordinario, lo que no estaba en los planes de nadie, y un gorrión suspendiera el movimiento del mundo. Y así como un gorrión pudo parar la respiración de tantos ferroviarios en un andén (ahora imaginamos que es la voz de Ceci la que retoma el relato), también unos cuantos miles de ferroviarios y sus familias, perseguidos, reprimidos y encarcelados por el ejército, pero organizados, pudieron parar el país, y el plan Larkin, y los deseos del Banco Mundial, y del gobierno de los Estados Unidos. Y eso tampoco estaba en los planes de nadie.

Cada museo personal es un modo de conservar o recuperar el pasado y un modo de utilizarlo, de actualizar ese pasado en el presente.

LA FRATERNIDAD Y FERROWHITE
CELEBRAN LOS 150 AÑOS DEL
FERROCARRIL CON UN VIAJE SINGULAR

Autor: Redacción EcoDias