MIRADAS Cine

Fecha: Martes, 17 Octubre, 2017 - 00:00

Decime quién sos vos…

Máscaras, antifaces, maquillaje, recursos habituales y a veces imprescindibles para la actuación.

En la antigüedad grecolatina las máscaras eran parte esencial del teatro, que todavía tiene la de la tragedia y la comedia en su emblema, por lo que muchas salas alrededor del mundo llevan ese nombre.
El primer cine se nutrió del teatro -sobre todo de variedades- y tomó de allí la mayor parte de sus recursos, entre los que están las máscaras y sus sucedáneos: los antifaces, caretas, prótesis parciales o totales y el propio maquillaje para caracterizar.
En las décadas fundacionales del futuro Séptimo Arte, la necesidad de suplir palabras con gestos lo acercaba a la pantomima, lo mismo que la necesidad de blanquear los rostros y acentuar el color de los ojos y los labios para captar la mayor cantidad de luz posible en una especie de enmascaramiento más que de maquillaje.
Ya en aquel cine mudo hubo personajes que requerían de rasgos prostéticos, como la luna de la primera versión cinematográfica del clásico de Verne Viaje a la luna (Georges Méliès; 1902), que fue el rostro de la francesa Bleuette Bernon cubierto con una pesada pasta blanca que intentaba reproducir sus cráteres.
Los más famosos fueron encarnados por Lon Chaney, una de las grandes estrellas del período silente y no por nada conocido como “El hombre de las mil caras”, que además de usarlas creaba máscaras y se lo considera pionero de las técnicas de maquillaje cinematográfico.
Suyas fueron creaciones como El fantasma de la ópera (Rupert Julian; 1925) y su capolavoro El jorobado de Notre Dame (Wallace Worsley; 1923), donde una máscara tapaba completamente uno de sus ojos para simular su deformidad extrema, lo que habría provocado su miopía.
Chaney ha quedado para la leyenda como el más grande, aunque su hijo Lon Chaney Jr siguiera sus pasos y haya otros destacados enmascarados en la historia del cine como el viejo de uno de los episodios de El placer (Max Ophuls; 1952). Un hombre que no se resigna a su edad, se disfraza de joven y baila hasta caer exhausto o el rostro felino de la bestia en la versión francesa de La bella y la bestia (Jean Cocteau; 1946), que ya no asusta pero sigue siendo clásico.
El terror siempre necesitó rostros tenebrosos como el del inolvidable Frankenstein (James Whales; 1930) de Boris Karloff con su cráneo chato y el mismo Karloff estuvo envuelto de la cabeza a los pies por los vendajes deshilachados de La momia (Karl Freund; 1932).
En los años 70 y 80, Michael Myers de Noche de brujas (John Carpenter; 1978) y Freddy Krueger de Pesadilla (Wes Craven; 1984), achuraban a quien se le pusiera delante en pantalla y ponían a temblar a todos fuera de ella detrás de una careta y un maquillaje inconfundibles.
Vincent Price fue El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest; 1971) como una calavera cubierta de cera a medio derretir y con gran éxito Bill Skarsgard es el payaso Pennywise de It (Andy Muschietti; 2017), con sus perfectos rasgos nórdicos perdidos tras una espesa base blanca, peluca roja y enormes dientes de conejo.
Pero… “No siempre se esconde un bandido detrás de un antifaz” habría dicho El llanero solitario, porque héroes como él y en particular los superhéroes esconden sus identidades para hacer el bien como Batman o El Hombre Araña por mencionar un emblema de DC y otro de Marvel- y sus archienemigos lo hacen por lo contrario, como Dos Caras o El Duende Verde.
Un villano cuya máscara pesa más que la de varios héroes es Darth Vader de la saga Star Wars.
Su inconfundible casco negro le cubre los rasgos, mientras los de su cohorte de Stormtroopers son blancos, pero ambos igualmente codiciados por coleccionistas de cualquier edad que pagan precios absurdos por una réplica.
Las enmascaradas son menos salvo en las historias de superhéroes, donde quizás la Gatubela de Michel Pfeiffer en Batman vuelve (Tim Burton; 1992) sea de las más recordadas, porque las actrices suelen usar maquillaje para acentuar su belleza.
Cuando las afea como a Marlene Dietrich en el doble rol de Testigo de cargo (Billy Wilder; 1957) se las suele recompensar, como a Nicole Kidman que ganó un Oscar en parte por la enorme nariz que la hacía relativamente parecida a Virginia Woolf en Las horas (Stephen Daldry; 2002).
Y destaca la tan conmovedora como inquietante protagonista de Los ojos sin rostro (Georges Franju; 1960), condenada ocultar sus rasgos aunque su padre intente solucionarlo de terrorífica manera.
Títulos redundantes son los de Máscara (Peter Bogdanovich; 1985), sobre un adolescente que sufre una enfermedad deformante y La Máscara (Chuck Russell; 1994), con Jim Carrey como un cajero de banco que encuentra una que lo transforma en ser caótico y curiosamente de un actor o actriz con un rostro personal se dice que “tiene una buena máscara”.
Hay actores que han accedido a permanecer temporariamente ocultos como Heath Ledger bajo la pintura corrida del Joker de El caballero de la noche (Christopher Nolan; 2008) o Hugo Weaving tras la máscara de V de venganza (James McTeigue; 2005), pero hay otros han basado su carrera en la capacidad de soportar las horas que lleva aplicar ciertos maquillajes y la consiguiente anonimia como el delgadísimo Anthony Daniels, que está tras C-3PO en todas las entregas de Star Wars o Andy Serkis, maestro del motion capture -versión digital del maquillaje- responsable del viscoso Gollum en la trilogía de El Señor de los Anillos o el protagonista del reboot de El Planeta de los simios.
Viejas o nuevas, en blanco y negro o en color, conseguidas por algún mago como Rick Baker -con siete Oscar y 11 nominaciones al Mejor Maquillaje- o las maravillas del CGI, las máscaras son un recurso sin tiempo y misterioso porque esconden casi tanto como revelan.

Autor: Silvana Angelicchio