MURALISMO Cultura

Fecha: Miércoles, 22 Abril, 2020 - 00:00

De exportación

Omar Sirena, destacado muralista actualmente viviendo en Santa Clara del Mar, pasó por la ciudad con motivo de realizar una obra por el centenario del Club Rosario.

Santa Clara, si se quiere es como Pehuen Có, o sea la antítesis de su vecina Mar del Plata donde nuestro protagonista estuvo por cierto tiempo. Allí el mar y la naturaleza se apoderan del lugar una vez concluido el verano, máxime en época de pandemia, lo que hace que el oficio de muralista quede más marginado de lo habitual. 
El artista
tener el Centro Cultural Huevo Duro entre 2008 y 2012, y siempre propone una mirada diferente de las artes y la cultura. “Es indispensable que el estado apoye a los artistas. No va a venir Coca Cola a decir represéntame la historia de Punta Alta. Es importante que siempre haya alguien para representar la memoria e historia de un lugar. Una obra tiene que decir algo para transformar a la sociedad. El muralista antes de pintar, recopila historias de los que hicieron un sitio o un hecho”, sostiene.
Huevo Duro funciono cuatro años en San Martín al 300. Dicha mirada diferente de las cosas, transformó al lugar en un receptáculo con una importante concurrencia. Luego de eso y cansado de remar contra la corriente, el muralista decidió volver a desplegar alas y emigrar rumbo a La Feliz primero, y después a Santa Clara.
Durante esa etapa en Punta Alta, que duro doce años, realizó trece murales con la historia identitaria de la ciudad. Los mismos fueron declarados patrimonios culturales, y si bien hubo un intento por restaurar algunos de ellos, la iniciativa nunca se plasmó a causa del factor económico principalmente. “Si bien tengo a toda mi familia, no me imagino volviendo a Punta Alta. No me considero con espacio allá, no tengo nada que hacer. Desde el punto de vista cultural, la ciudad te echa y no te da proyección”, afirma.
Egresado del Ex Colegio Nacional, donde hizo toda la secundaria en plena dictadura, se trasladó a La Plata a realizar la carrera de bellas artes, y a re-encontrarse al igual que todos los argentinos con la democracia.
“Durante la dictadura, no nos dábamos cuenta de lo que sucedía. La escuela nos engañaba y nuestros padres no nos decían nada. La Universidad de La Plata siempre fue combativa, por lo cual fue un despertar y abrir la cabeza. Venía de un universo muy inocente, familia, amigos y barrio. Decir que había nacido en Puerto Belgrano ya te traía problemas, cuando fui allá el tema todavía estaba muy caliente”, agrega Sirena.
Una vez concluida su etapa universitaria, arrancó un raid que lo llevo a trabajar en varios puntos del país y países limítrofes. En esa experiencia, donde se enriqueció como artista no solo reafirmo su vocación, sino que además estableció su espíritu nómade. 
“Los muralistas siempre decimos lo mismo, aún no llego el mejor momento. Si bien todavía no hay proyectos a futuro, el muralismo es un motor que impulsa. Nunca quise ser docente, más bien productor de obra”, afirma. También asegura que “el artista siempre siembra en tierra seca, insistimos y hablo en plural porque somos muchos, hasta que finalmente sale una flor. Vivimos de la utopía”.

La pasión tricolor
Enterado de que se avecinaba el centenario del club Rosario, celebrado el pasado 3 de abril, se puso a disposición para lo que se necesitase. Automáticamente, comenzaron las conversaciones con la sub comisión del Centenario, para gestionar la confección de un mural que retratase los 100 años de historia.
En el mismo dejó estampada su pasión y talento con un mural de doce metros de alto y tres de ancho dentro de la institución.
“Me gusta el fútbol, fue todo dinámico y armónico. El mural se puede seguir extendiendo, hasta hacerlo el doble de grande. Se pueden seguir agregando imágenes. Para ver bien el mural, tienen que ponerse enfrente. Para que empiece a vibrar tienen que hacer eso, es como ver un cuadro donde se manejan códigos muy profundos”.
A través del don de la pintura, rescata los primeros años de la entidad junto con detalles de las actividades que le dieron vida al origen del club. “Hace mucho que no voy a la cancha, aunque guardo un buen recuerdo de la época de Britez donde iba con mi familia”.
“También jugué una época en novena, el técnico era Marini y nos llevaba a los amigos del barrio. Igual, el apellido Sirena está más vinculado al básquet”, recuerda. El arte une ciudades y evidentemente, Santa Clara y Punta Alta renuevan sus lazos a través de los murales de Omar.

Autor: Ecos Puntaltenses