MIRADAS Cine

Fecha: Martes, 3 Julio, 2018 - 00:00

Amigo fiel

No sólo los colores son capaces de hacer impacto en las retinas de los espectadores.

Los humanos siempre buscaron representar la realidad al detalle y desde el momento en el siglo XIX en que se inventaron la fotografía primero y el cine después, la siguiente frontera fue superar el blanco y negro agregando color, tridimensionalidad, sensaciones, etc.
Volviendo al B/N originales, lejos de abandonarse totalmente con la introducción formal del color en los años 30 -hubo varios experimentos en el camino- y descartarlo como algo superado ha seguido minoritariamente con una particular aura “artie”.
Una de las mejores explicaciones de ese prestigio estaría en que muchos de los clásicos que jalonaron la historia del cine son films B/N y que entre sus más ardientes defensores estuvo nada menos que Orson Welles.
El legendario director lo llamaba "The actor's best friend" o el mejor amigo de los actores y se sabe que en los años ochenta la cadena TNT -Turner Network Television- le propuso colorear El ciudadano (1941) y contestó con furia: “Mantengan a Ted Turner y sus malditos crayones lejos de mi película.”
Los buenos films no pueden dejar de verse por su monocromatismo -otra manera de denominarlo- y en gran parte de ellos es hasta un plus. No sólo los que fueron rodados antes del color, sino también los posteriores que se rodaron buscando el tipo de textura o la atmosfera que aporta el B/N como uno de tantos recursos visuales a disposición de un realizador.
Los títulos son innumerables, pero la siguiente lista cronológica es representativa e imperdible para cualquiera que guste del arte cinematográfico.
Metropolis (1927) de Fritz Lang, que podría definirse como una de las primeras distopías futuristas porque presenta un siglo XXI dividido entre elites autoritarias y obreros oprimidos y como una de las obras maestras del expresionismo alemán, cuyas sombras alargadas y contraste casi total eran parte esencial de su estilo.
La pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dryer; 1928) es uno de los largometrajes más citados de Dryer y ha influido en la obre de incontables directores.
Y no necesita ni el color ni el sonido para seguir emocionando al contar cómo en 1431 la adolescente Jean fue acusada de herejía y sometida a juicio por seguir sus visiones y su fe.
Tiempos modernos (1936) con Charles Chaplin como director y protagonista de esta comedia dramática sobre el obrero de una fábrica automatizada que pierde su trabajo y trata de sobrevivir en las calles.
El Ciudadano de Welles, la ya mencionada y emblemática biografía no autorizada del magnate de la prensa William Randolph Hearts, que encumbró a su director y también le trajo muchísimos inconvenientes.
Historias de Tokio (1953) es uno de los trabajos más loados e influyentes del japonés Yasujirô Ozu, aunque cualquiera de su filmografía merecería integrar esta lista.
Un Drama asordinado sobre una pareja mayor que
con gran ilusión va a visitar a sus hijos a la ciudad, pero los encuentra demasiado ocupados como para dedicarles algo de tiempo.
Choque entre las tradiciones japonesas y las nuevas costumbres influidas por occidente, que fue uno de los temas recurrentes del director.
Los cuatrocientos golpes (1959). Opera prima del francés François Truffaut; uno de los hitos de la Nouvelle Vague y primera entrega de la saga de Antoine Doinel con una inolvidable escena de apertura al amparo la torre Eifell, subrayada por la música de Jean Constantin.
Una Eva y dos adanes (Billy Wilder; 1959). Imposible no reír y hasta carcajear con esta comedia alocada ambientada en los años veinte.
Basada en uno de los guiones más justamente alabados de la historia del cine, porque muestra que la comedia puede ser cosa muy seria.
Psicosis (Alfred Hitchcock; 1960). El maestro del suspenso pudo haber rodado este thriller en color, pero prefirió hacerlo en blanco y negro para evitar caer en el gore en la famosísima escena de la ducha.
La dolce vita (Federico Fellini; 1960). Unos pocos días y noches romanos en la vida del desencantado periodista interpretado por Marcello Mastroianni, para plasmar el signo de esos tiempos con la ironía y los toques surrealistas propios del director italiano.
Crónica de un niño sólo (1965). Cualquier título de la trilogía en blanco y negro de Leonardo Favio sería digna de incluirse como representante argentina, pero quizás por habría que comenzar por este drama sobre un niño dejado a su suerte, con varios puntos de contacto con la propia infancia del director.
Y relativamente más cerca en el tiempo, La haine/ El Odio de Mathieu Kassovitz (1995). Drama sobre la tensión racial y la segregación protagonizado por Vincent Cassell, que años después se desatarían realmente en las calles de un Paris alejado del cliché del glamour y la moda.
Una decena insuficiente y arbitraria, pero capaz de despertar el gusto y la admiración por sus infinitos matices de gris.

Autor: Silvana Angelicchio