Juicio a los represores Derechos Humanos

Fecha: Lunes, 26 Diciembre, 2011 - 17:30

“Su hijo debe andar de joda”

Durante la audiencia del martes 20 de diciembre, se juzgó el secuestro de Daniel Esquivel. Tanto la víctima, como su ex mujer y su madre prestaron testimonio.

El juicio a 17 represores acusados de delitos de lesa humanidad durante la última dictadura en Bahía Blanca, tuvo una duración más corta que la habitual. La semana pasada las audiencias se desarrollaron el martes 20 de diciembre de 2011 a la mañana y a la tarde mientras que el miércoles 21 solo hubo en el horario matutino, dictándose cuarto intermedio hasta el martes 27. Según se pudo saber, ese día se iniciará la última semana de juicio del año, al tiempo que no habrá audiencias durante el mes de enero, reiniciándose éstas en febrero próximo.
El día martes distintas personas dieron testimonio por el secuestro de Luis Esquivel. El propio Esquivel contó cómo ocurrió su detención ilegal, a la vez que prestaron declaración su madre y su ex esposa.
En 1977 Esquivel tenía 22 años y era estudiante de Ingeniería Eléctrica de la UTN de Bahía Blanca. El 21 de junio de ese mismo año, como lo hacía habitualmente, Esquivel fue a buscar a su novia que por ese entonces estudiaba en la Cultura Inglesa, y dejó su auto estacionado en la Plaza Rivadavia por calle Sarmiento, frente a Gendarmería. Cuando fue a buscar el coche, un Falcón verde se encontraba al lado de éste y dos personas acorralaron a Esquivel. Otras dos se sumaron y rápidamente lo redujeron a golpes, esposándolo y encapuchándolo para ubicarlo luego en el baúl del Falcon.
Allí fue cuando comenzó el viaje hacia el horror en un camino mayormente de asfalto hasta que el auto empezó a transitar por otro de tierra. Según señaló la víctima pasaron por un lugar que parecía ser un guardaganado hasta que llegan a destino y lo entregan a otras personas. Éstas lo ponen contra una pared, le quitan la capucha y le advierten que no debe mirar ninguna de las caras porque sino lo iban a matar. La pared, dijo Esquivel, estaba decorada con afiches de policías o militares muertos en supuestos “atentados guerrilleros”. Ese tipo de carteles, agregó, eran muy comunes de encontrar en las dependencias públicas y policiales durante aquella época.
En ese momento, le ponen algodones en los ojos, lo vendan y así soportó un cautiverio de aproximadamente 20 días. Esquivel fue depositado, atado de pies y manos en una habitación, y sólo lo libraban de las ataduras para ir al baño o alimentarse. Explicó que le daban de comer muy seguido y cuando se dormía lo despertaban para, intuyó, hacerle creer que los días pasaban más rápido de lo que realmente transcurrían. El tercer día Esquivel pasó por la sala de torturas en la cual lo desnudaron, lo tiraron en un elástico metálico, lo mojaron y le aplicaron picana eléctrica por distintas partes de su cuerpo.

Fotos y datos
Además de estudiar, Esquivel trabajaba en una empresa de cereales de Ingeniero White mientra que su novia de ese entonces, Silvia Dipaul, lo hacía en la Junta Nacional de Granos. En aquel año, se produjo una explosión en el puerto, se sospechaba de un atentado, y el interrogatorio, durante la primera etapa, se basó sobre ese suceso: “Ellos dijeron que me habían estado buscando y que no me habían encontrado en los lugares que habitualmente concurría”. Esquivel respondió que se encontraba haciendo el servicio militar y por eso no lo encontraban. A partir de esa respuesta, por un par de días no lo interrogaron y al volver a hacerlo cambiaron el tenor de las preguntas. Las mismas se refirieron a su actividad política en la universidad ya que Esquivel integró la comisión directiva del centro de estudiantes hasta 1976, año en que fue tomada por la Juventud Sindical Peronista que no les permitía ingresar a la UTN.
Un día los represores le quitaron la venda, le pusieron colirio en los ojos y le mostraron fotos grandes en blanco y negro tomadas en actos, reuniones y asambleas de la universidad y en la calle, de distintos grupos de gente donde generalmente había militantes políticos de diferentes agrupaciones de la UTN y la UNS. Muchas de esas fotografías tenían círculos rojos y los interrogatorios tuvieron que ver con preguntas acerca de esas personas. Entre los fotografiados, recordó, se encontraba el asesinado Daniel Hidalgo.

Liberación
Sobre el lugar donde estuvo secuestrado, Esquivel señaló que era un sector aislado sin ruidos de tránsito. También dijo que no escuchó hablar a personas a su alrededor pero sí gritos que venían desde la sala de torturas. En algún momento, se le presentó alguien que decía ser un “arrepentido”, que le aconsejaba que colaborara para que la pasara mejor, y le explicaba que él había hecho eso y pudo salvar su vida.
También agregó que, en su opinión, tanto a la entrada como a la salida de su cautiverio fue atendido por médicos, que al momento de liberarlo, uno de ellos, le inyectó un tranquilizante “cosa que me intranquilizó más”.
Antes de la libertad, Esquivel sufrió un simulacro de fusilamiento hasta que finalmente lo dejaron atado en la entrada de Cabildo. Luego de un rato logró despojarse de las ataduras y las vendas, y sin poder ver nada caminó hasta que llegó al pueblo y pudo comunicarse con sus padres: “Si no hubiera sucedido esto no sería la misma persona, pero evidentemente no es algo que le haya hecho bien a nadie”.

“Su hijo debe andar de joda”
En su testimonio, Lidia Speranza, la madre de Daniel Esquivel, relató que a las 10 de la noche de ese 21 de junio, la llamó Silvia Dipaul, novia de su hijo, y le dijo: “Lidia, no se asuste, pero Daniel no me fue a buscar”. Obviamente, ella se alarmó, “con todo lo que pasaba en ese tiempo, yo estaba temblando”.
Lidia, su marido, Silvia y su papá fueron hasta la Plaza Rivadavia y se encontraron con el auto de Daniel abollado, abierto y con las llaves puestas: “Ahí me entró la desesperación”.
En ese momento comenzó para Lidia un sinfín de recorridas y averiguaciones que comenzaron en una comisaría de Av. Alem donde hicieron la denuncia y en los hospitales en los que consultaron sobre el paradero de su hijo. Lidia contó que fueron al Hospital Español y camiones del ejército habían cortado la cuadra impidiendo los accesos. Lidia pasó igual y fue a la puerta del hospital. Dos militares le apuntaron y le advirtieron que no se acercaran. Lidia pidió hablar con un superior que finalmente salió y a quien le explicó lo que pasaba: “Me contestó: ‘¿Qué quiere que haga yo? Su hijo debe andar de joda en algún baile, búsquelo por otro lado, retírese’”. Indignada, Lidia se retiró.
Luis Leiva, un amigo del padre de Daniel que había estado secuestrado, les sugirió ir a la Base. Hasta allí se dirigieron y Lidia logró conversar con el capellán, quien ante la consulta respondió: “Que yo sepa, en el país no hay ningún desaparecido”. Ante tamaña y estúpida contestación, Lidia le dijo irónicamente al capellán “y yo soy católica”.
Acerca del sufrimiento vivido, Lidia señaló que fueron 20 días durante los cuales prácticamente no se dormía: “Puedo cerrar los ojos y ver cosas que pasaron en ese momento”.
En otra ocasión, los familiares de Esquivel fueron por un camino asfaltado y luego de cruzar mucho campo bajaron a una calle de tierra. A dos cuadras había una tranquera, un soldado armado, todo cercado y adentro una casa grande y vieja. El soldado le apuntó pero igualmente conversó con Lidia: “Aquí nadie sabe nada y por favor retírese o disparo” respondió “valientemente” el uniformado.
Hace un tiempo, cuando se comenzó a hablar de La Escuelita “yo lo vi por televisión, cerré los ojos: era el mismo camino que recorrimos, la casa, la tranquera pero hace 30 años”.
Fue Leiva también quien le sugirió ir a ver a monseñor José Tommasi, capellán del V Cuerpo. Éste la atendió y le pidió unos días para averiguar. En una segunda visita, Tommasi le solicitó más días y le rogó que no dijera a nadie acerca de que había hablado con él. Finalmente, Tommasi llamó por teléfono a la casa de los Esquivel y le dijo a Lidia que ella aceptara que a él no lo conoció, que nunca fue a verlo, le pidió que jamás se apareciera en la sede, y le adelantó que su hijo aparecería. “¿Cómo lo sabía?”, se pregunta ahora Lidia.
En medio de tanto dolor, el marido de Lidia soportaba su dolor llorando en la cama: “Tenés que salir a pelear, no llorar”, lo retaba ella.
El sufrimiento se aplacó un poco cuando una noche sonó el teléfono y Daniel Esquivel le dijo a su mamá que lo habían liberado en Cabildo. Allí fueron a buscarlo: “¡Por Dios, cómo estaba mi hijo! Quien le haya hecho eso, no tiene perdón de Dios”.
Cuando llegaron a la casa, Daniel narró todo lo sucedido y planteó que a partir de ese momento no quería que le hicieran preguntas ni que se tocara el tema: “Tuvo que estar ocho días encerrado, porque le hería los ojos cualquier rayito de luz”.
Lidia sabía muy bien lo que ocurría en el país en ese momento, más allá de que no todos actuaban igual: “Se sabían cosas, lo que pasa es que no se hablaba como ahora con libertad. La gente como que tenía miedo”.



Autor: Redacción EcoDias