RODOLFO WALSH Cultura

Fecha: Martes, 4 Junio, 2019 - 00:00

“El mejor de todos”

Así lo definió Osvaldo Bayer a Rodolfo Walsh, el maestro del periodismo que sigue enseñándonos cómo se escribe, cómo se investiga y cómo se milita. Hasta el 16 de junio se exhibe la obra del escritor y periodista en la Casa de la Cultura.

El legado de Walsh es prolífico y diverso, la posibilidad de conocerlo o volver a recorrerlo es posible gracias a la muestra itinerante “Rodolfo Walsh. Los oficios de la palabra”, que estará vigente en la Casa de la Cultura, Avenida Alem 925, hasta mediados de mes.
“Esta muestra puede contribuir para reabrir la pregunta sobre la dictadura, sobre sus regímenes de verdad, sobre la práctica política, sobre el periodismo y sobre otras dimensiones como la redacción y la edición y el lugar que ocupan y producen una historia”, dijo Guillermo David, investigador de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, al momento de la inauguración.
Las muestras itinerantes son una de las formas de difusión del patrimonio de la Biblioteca Nacional en distintos puntos del país, por lo tanto, los archivos bibliográficos y fotográficos logran difundir investigaciones llevadas adelante por la institución. Esta exhibición fue concebida en el año 2017, a 60 años de la publicación de “Operación Masacre”, texto fundacional de lo que se nombra como literatura de no-ficción y a 40 años del asesinato de Rodolfo Walsh, el 25 de marzo de 1977. “Es un fusilado que escribe sobre un fusilado que vive, con un margen de 20 años de diferencia”, describió David.

La muestra
La primera vez fue exhibida en la sala Leopoldo Marechal de la Biblioteca Nacional, “Rodolfo Walsh es un ejemplo perfecto del ciudadano que empieza a entender la necesidad de buscar la verdad”, dijo Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional en ese momento.
La exposición está compuesta por las notas de Mayoría que forman la génesis de “Operación Masacre”, sus cuatro ediciones publicadas en 1957, 1964, 1969 y 1972, y las galeras de imprenta de la tercera edición, corregidas de puño y letra por el autor. También, se pueden observar las ediciones de los otros dos libros El caso Satanowsky y Quién mató a Rosendo, que siguen la misma línea de escritura e investigación. “Poseedor de una condición polifacética para la expresión, Walsh desplegó también en el teatro y en el cine un agudo nivel de análisis sobre la realidad. La Granada y La Batalla, sus dos únicas piezas teatrales escritas a principios de los años setenta, arrojan una mirada crítica de la vida militar y sus principales figuras, a través de recursos paródicos y satíricos”.
Es posible ver los libros de los que fue antólogo y traductor y las primeras ediciones de sus obras.
Hay un sector dedicado a su tarea como periodista, con ejemplares de las revistas Leoplán y Panorama. "Carta de un escritor a las juntas militares" y los cables de la Agencia de Noticias Clandestina ANCLA constituyen parte de lo mostrado. David realizó un recorrido guiado a las personas presentes en la inauguración local, explicando la razón de incorporar esas publicaciones, que marcan un paradigma en la literatura y en el periodismo nacional. Las fotografías reflejan a un Walsh joven y en su oficio, las imágenes de líneas de tiempo que bosquejan su vasta trayectoria y producción.

Hay un fusilado que vive
“Operación Masacre” fue escrita por Rodolfo Walsh en 1957, el libro surgió una tarde, donde el autor se entera por boca de uno de los supervivientes de la matanza de obreros, hecho que se conoció como el fusilamiento de José León Suárez. Este descubrimiento llega a través del relato de Juan Carlo Livraga, en un bar, mientras los parroquianos realizaban una partida de ajedrez. Los asesinatos fueron realizados por miembros de la Revolución Libertadora, durante la dictadura cívico-militar que derrocó el gobierno de Juan Domingo Perón. El periodista comienza, con estos primeros testimonios, una investigación, para lo cual realiza entrevistas a los 7 sobrevivientes. El hecho había ocurrido el 9 de junio de 1956, momento en el que la policía de la provincia de Buenos Aires detuvo a 12 personas que consideraba integrantes rebeldes.
Reinaldo Benavídez, Rogelio Díaz, Horacio Di Chiano, Norberto Gavino, Miguel Ángel Giunta, Julio Troxler y el propio Livraga realizan su aporte testimonial, que permitirá la reconstrucción de la noche, fechas, nombres y momentos son recreados entre lo testimonial y lo novelesco. Finalmente, la obra cobra su peso, se denuncia el silencio sobre los asesinatos y las maniobras llevadas adelante por la policía bonaerense. El libro es uno de los pilares del quehacer periodístico y referente de un ejercicio comprometido con la investigación y la denuncia, tal como lo declarara el propio Walsh: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las están esperando. Millones quieren ser informados. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”.

“Rodolfo Walsh. Los oficios de la palabra” puede visitar de lunes a viernes de 16 a 20 horas en la Casa de la Cultura, Avenida Alem 925, hasta el miércoles 16 de junio.

AUTOBIOGRAFÍA
En 1965 escribe una autobiografía que narra cuestiones centrales de su vida y es una de las lecturas necesarias para quien intente descubrirlo o redescubrirlo.
“Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.
Nací en Choele-Choel, que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba “Mar Negro”, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”.


DETALLE
En el prólogo de Operación Masacre, Rodolfo Walsh, tiene un gesto notable para esas y éstas épocas: visibiliza a la mujer periodista con quién realizó las investigaciones de los hechos, Enriqueta Muñiz. “Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe entenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”. Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de garantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario. En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligencia que me parecían tan rarificados a mi alrededor”.

Autor: Redacción EcoDias